En la Antesala Al Portal Oscuro

El Vergel de las Hamadríades


Irene, La muchacha pelirroja caminaba con presteza alejándose cada vez más de su aldea. No deseaba ser la esposa del hijo del Carnicero; aquella idea inflamaba su corazón, sentía que era pura injusticia, su madrina no podía decidir por ella. El muchacho era un tonto, patán y obseso, como la mayoría de las personas de aquella villa, que era de poca importancia para el Reino de Kastell.

Con su mente en las nubes la joven no vio la reja abierta, ni los muros de piedra gris, y tampoco se percató de que la forma de los árboles habían cambiado, hasta que algo la empujó con fuerza. Años de trabajos en la casa de su madrina, le dieron la entereza para no caerse, y la voluntad para voltear.

-Venid aquí- masculló una voz en el viento. Ella miró alrededor buscando la voz, y sintió que algo rozaba sus tobillos, asustada se internó mucho más en el jardín. Otra figura la golpeó con fuerza en un hombro, volteó en esa dirección esperando ver a su atacante, pero no observó nada. Avanzó mucho más y creyó  ver, con el rabillo del ojo a una sombra corriendo entre los árboles, y tal vez una gigantesca ardilla saltando entre las ramas, supuso tal cosa por el repentino movimiento de las ramas, sin brisa alguna. La temperatura descendió y el piso comenzó a oscurecerse cubierto por una tenue niebla rasera, de repente los árboles se volvieron mucho más siniestros y retorcidos, y la luz que entraba por el vergel comenzó a menguar. Aterrorizada aún más la joven trató de huir, la idea de volver al pueblo comenzó a cobrar forma en su mente, pero  cuando trato de volver sobre sus pasos se halló totalmente desorientada, todo el bosque se veía igual.

Las Dríadas de Borys Vallejo

-Es tu fin- susurró de nuevo el viento y las sombras comenzaron a correr a su alrededor, cada vez más rápido y evidente.

-Me están cercando- susurró la joven, quien no pudo contener aquel temblor que nacía en sus pies y que se iban apoderando de ella a gran velocidad. En efecto las sombras avanzaban mucho más rápido, y comenzaban a cercarle, observó varias caras entre los árboles, eran mascaras blancas con dos agujeros negros por ojos y una línea por labios, aquellas sombras parecían acecharla; aquellas criaturas la deseaban muerta. Y ella no podía dejar se sentir miedo, aquello la horrorizaba cada vez más; sabia que sus minutos estaban contados.

Se acercaron con calma, paso a paso como degustando su miedo; ella deseaba gritar y correr, pero sus músculos estaban entumecidos, deseaba gritar, pero el aire le faltaba, trató de calmarse pero apenas podía inhalar el aire, el cual era frío, húmedo como el de la tierra fértil y abonada. Canturreaban una nana, que en aquel momento, lejos de calmarla y evocarle los dulces momentos de la infancia insuflaban un terror absoluto en su pecho.

Algo la cogió por los pies, ella trató de escapar pero no pudo. Lo que la había tomado la atenazaba con fuerza, y la jaló haciéndola caer; allí sintió el helor de aquellas garras que laceraban su piel. Una vez en el piso, el helor aumentó y dejó de escuchar sonido alguno, de repente el silencio la abrumó y las sombras comenzaron a acercarse con rapidez. Del suelo surgieron una serie de manos, las cuales la atenazaron con mucha más fuerza y pudo ver a las criaturas con claridad.

El frio recorría todo su cuerpo, y el olor a azufre le abrumó; la criatura se montó sobre ella, su cuerpo estaba cubierto con unas cosas que al principio parecieron unos trapos negros de lino; pero no lo eran. En realidad eran una conjunción de tierra húmeda y negra, raíces de árboles, tenía olor a podredumbre y humedad.  Y su rostro seguía siendo una mascara imperturbable sin rasgo o expresión alguna, que despiadadamente con aquellas cuencas vacía la observaban

La cabeza comenzó a dolerle y su visión comenzó a nublarse. La muerte estaba sobre ella, aquel era su final.

– DEJAD A ESA MUJER EN PAZ, ALEJAOS DE ELLA- gritó una voz con fuerza y de repente una prístina luz blanca inundo todo el jardín. Las sombras aullaron con fuerza, sus chillidos eran producto del más sincero horror; y sus cuerpos comenzaron a sisear como hace una plancha al rojo vivo al ser mojada. Irene alcanzó a levantar la vista, y observó a un hombre.

Este vestía una tunica, la cual al ser bañada por la luz carecía de color  y levantaba una especie de cetro que emitía la luz que había espantado a las sombras- VOLVED A SUS CUBILES, CRUELES HAMADRÍADES. ESTA CHICA ES MIA. – Aquellas palabras llenaron de alivio a Irene, quien sabía que de esto no había vuelta atrás. 

(Nota: Esto forma parte de un proyecto o una idea que tengo en mente, y que aun no sé si cobrará forma)

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2 comentarios el “El Vergel de las Hamadríades

  1. Lobo7922
    5 septiembre, 2010

    Pues pongale porque hay tres personas que lo han recomendado en feedly 🙂

    Me gusta

  2. WilliamDargates
    5 septiembre, 2010

    Me parece bien, ahora me haces un favor?? me traduces eso del Lupino al español? O.o

    Me gusta

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Esta entrada fue publicada el 2 septiembre, 2010 por en Literatura.
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