En la Antesala Al Portal Oscuro

La Vicisitud de Vivir entre los Remanos

taberna

El olor a guiso estaba enloqueciendo a Irene, la joven se acomodó en su silla y comenzó a buscar una forma de distraerse mientras se tardaban en servirle la cena. Miro a su alrededor esperando ver algo interesante. La Jarra y el Arco, era una de las mejores tabernas del Burgo Pizarra, al sur de Remana, y era el lugar en el cual, los Brigidanos pasaban todas las noches. El olor del guiso se mezclaba con el del vino, el ruido de las personas, el humo del tabaco Toltecano, el olor del ajo y los chorizos que colgaban de una viga sobre la barra. Irene, miró hacia allá y alcanzó a ver la cocina donde Manolo y su familia se afanaban en cocinar, servir cuencos de comida y vino. Los olores de las tierras del Sur siempre la habían fascinado desde que hace muchos años dejo su natal Normark.

Volvió a dar un vistazo a la sala general, y vio allí a vario de los Brigidanos, allí en una esquina, cerca de una de las ventanas que daban a la calle, estaban los tres locos. Wensella era el más alto y destacaba, su piel era broncínea, otrora había sido blanca pero la vida a la intemperie le había decorado a través del tiempo, sus cabellos nacían lacios en su cráneo y las puntas se volvían rizadas, a diferencia de la mayoría de los Remanos, Wensella no llevaba barba o bigote. Aquel guerrero era algo curioso, era hedonista, bebedor y poseía una labia única, capaz de llevarse a cualquier mujer a la cama, es más realmente no le hacía asco a ninguna mujer; rollizas, gordas, oliendo a jazmín o a ajos, morenas, rubias, altas, bajas, pequeñas, pelinegras, Toltecanas, todas eran un deleite para él; y las atraía con un poco de esfuerzo. Era curioso que nada lo detenía en ese ámbito, solo había una mujer a la cual respetaba: A ella, que era amante de su medio hermano Rogelio, líder de los Brigidanos. Ella volteó y observo a su amante, Rogelio era todo lo contrario a su hermano menor, y a todos los Remanos. Su piel también era broncínea, pero sus cabellos eran negros y totalmente rizados, sus cejas eran más gruesas, sus ojos muchos más oscuros y fríos, y su nariz era recta. Pero Rogelio era estoico, serio, frío y calculador, todo un estratega atrevido, solo era tierno con una persona, ella.

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En aquel momento Rogelio la miró y ella pudo percibir el brillo en sus ojos, la ternura. Cada vez que veía ese destello, ella lo amaba con locura. Volvió su vista a la sala, y fijo su atención en Wensella, a su izquierda estaba Banquo que era pequeño, fornido y cejijunto, aunque el lo negaba, la joven pensaba que tenia algo de sangre enana, no llevaba barba pero si un bigote frondoso. El aspecto de aquel guerrero siempre la hacia reír, Banquo siempre le levantaba el ánimo, otro de sus rasgos que seguía sembrando la duda sobre sus orígenes era el hecho de que Banquo podía beber y beber durante horas y horas, y apenas sufría de resaca. Podía pasar toda la noche bebiendo y luego levantarse en la mañana y pelear con una frescura asombrosa. Otro de los miembros de aquel grupo era Melitelo; él era lo opuesto en apariencia a todos los remanos, es más parecía un Normarkiano, pero no lo era. Sus cabellos eran áureos, sus ojos azules, no llevaba barba o bigote, su piel era blanca, y se ponía siempre rojiza al entrar en contacto con él sol. Si Wensella tenia que usar su labia para seducir a las mujeres, a Melitelo solo le bastaba su apariencia y actitud. Las mujeres gravitaban a su alrededor, pero el no les prestaba mucha atención, lo cual las atraía aun más; otro de los rasgos del rubicundo guerrero era su afición a la música, tenia una voz hermosa pero estaba totalmente negado para tocar algún instrumento por mucho que se esforzará. Aquella idea le saco una sonrisa a la mujer.

Irene escuchó como su estomago gruñía y se concentró mucho más en el último miembro de aquel grupo; Andrómaco, siempre llevaba la cabeza rapada, tenia los ojos azules como el cielo, una nariz aguileña; cada vez que lo observaba sentía un escalofrío, a diferencia de la mayoría de Brigidanos, aquel hombre era mucho más frío que Rogelio, siempre estaba serio y observaba todo a su alrededor, se movía en silencio como un gato, y a la hora de combatir era fiero, mataba rápidamente sin mostrar placer, miedo y odio, solo había frialdad y tal vez algo de respeto. Ella, le había dicho más de una vez a Rogelio, que debía deshacerse de Andrómaco, pero su amado se había limitado a decirle: “él al igual que yo, es la voz de la razón en una raza de lobos frenéticos, lo necesito“. A ella aquella respuesta no le había satisfecho, solo le temía por qué parecía incapaz de mostrar emoción alguna; y tal vez por esa razón Rogelio lo había puesto a su servicio.

— ¿Estás viendo a tus muchachos?— le preguntó Rogelio, y le sacó de su ensoñación se sobresaltó un poco y lo observó y de nuevo volvió a derretirse.

—Siempre estoy atento de los míos— respondió ella— especialmente de aquellos que son la élite de mi escuadrón, ¿No te parece? — Le sonrío rápidamente y luego miró hacia el curioso cuarteto, y la expresión le cambio al ver a Wensella, ella percibía que el gran Rogelio siempre estaba preocupado por su medio hermano.

— Creo que Wensella y Melitelo están bebiendo vino como si fuese agua, deberías…

— La misión será dentro de varios días- le atajó ella— Dime una cosa, mi señor ¿Si no te gusta el jolgorio que arma tu gente por qué haces que pasen el tiempo con el vulgo?

— Deben empaparse de pueblo, que no olviden de donde vienen y a quien protegen- respondió él, y ella se sintió cautivada de nuevo por aquel hombre.

El olor del guiso le asaltó de nuevo, pero esta vez se debía a que le estaban sirviendo. Los cuencos de barro hicieron un sonido curioso al tocar la mesa de madera, y aquel ruido la trajo de nuevo a la tierra. El Guiso era de conejo, tenía pimientos, patatas y ají picante, todos ellos especias autóctonas del continente y de los Toltecanos, para acompañarlos le habían dado un buen queso y un buen pan de maíz, y para regar aquel festín una gran cantidad de vino. Escuchó de repente un gruñido y cayo en cuenta que había alguien más en la mesa, el Monseñor Davirel, un canciller escapado de Jaftenia al sur. Irene reprimió una sonrisa al ver como aquel hombretón, obeso y mofletudo que parecía un hombre sapo, ponía mal gesto por el guiso. Su gran cadena de oro vibró y su boina casi se le cae.

La sonrisa que ella reprimió, la soltó el otro miembro de la mesa, Karim la mano derecha del Marques. Rogelio le lanzó una mirada torva, pero el elfo apenas se inmutó; al fin y al cabo ambos estaban en igualdad de condiciones en lo que respectaba al poder. Karim era una excelente personal parca y amistosa y parte de su escuadrón; y ella compartía la opinión del elfo, y se alegraba de que este haya sido capaz de expresar lo que ella no podía y no quería correr el riesgo del expresar.

De repente cayó en cuenta de las diferencias entre los elfos y los humanos. Karim tiene la piel mucho más oscura que la de la mayoría de los Brigidano, sus pómulos eran altos, y sus ojos almendrados, curiosamente la parte inferior del ojo estaba siempre pintada de negro, recordó que la primera vez que lo vio pensó que era maquillaje, pero luego supo que los elfos se tatuaban el parpado inferior de negro, aquello les daba mas misterio y los hacia mucho más hermosos, sus cabellos eran negros, con frecuencia los llevaban oculto en turbantes, pero Karim lo llevaba corto y la cabeza destapada, lo que resaltaba sus orejas picudas. Recordó que una vez le había dicho, que los elfos nacían blancos como la leche y con los cabellos negros el hollín. Pero con el paso del tiempo, su piel oscurecía y al final de sus días se volvía tan oscura como una noche cerrada, sus cabellos se volvían blancos como la nieve y sus ojos ganaban un pálido brillo como el de la luna. Las leyendas contaban que cuando un elfo sabía que iba a morir subía una colina y de allí se elevaba a los cielos; las estrellas por lo tanto era miles de elfos muertos que miraban con calma al mundo que habían dejado atrás; los seguidores de Ma´ari decían lo opuesto, que descendían a la tierra, se volvían cuerpos sólidos e inmóviles y la Madre de todos los transformaban en los minerales que abundan en el suelo.

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Karim, con una agilidad digna de un gato, tomo varias cucharadas del guiso y luego gimió de placer. — Manolo es un maestro cocinando el conejo, ni los mejores cocineros en mi especie son capaces de hacer una obra de arte como esta, y somos unos maestros en cocinar el conejo— dijo con su meliflua voz y con mala intención. Ella sabía por qué decía aquello, los elfos no consumían carne de res ni de cerdo, solo consumían carnes blancas y de peces, las cuales con frecuencia eran vistas como comidas magras y del vulgo. Pero aquella creencia se invertía en los terrenos donde los elfos eran nobles, allí los pobres podían darse el gusto de comer res y cerdo, por qué si el Duque, el Barón, el Conde o el Márquez eran elfos las élites tenían prohibido comer aquellas carnes, y el conejo y las aves se volvían delicateses. Ya resultaba que Burgo Pizarra era parte del Marquesado de un elfo llamado Alden Ibn Kaziel.

— Realmente— replicó ella mientras que con presteza daba cuenta de aquel banquete.

— Pero… es… que… — Comenzó el Monseñor

— ¿No querrá desagraviar a Manolo? — le preguntó Rogelio, atajándolo rápidamente. — Si queda insatisfecho podrá pedir más se lo aseguro. — agregó el líder de los Brigidano con calma; y el hombretón asintió.

— Cuando este en Remania, haga como los remanos— agregó el elfo. Irene estuvo tentada a decir algo, pero la torva mirada de Rogelio, la cual muy pocas veces le mostraba, le atajo en seco evitando cualquier comentario mordaz.

— Este bien, mis señores les daré una oportunidad. — Dijo— Aristón en el Libro Blanco nos conmina a la tolerancia y a aceptar la hospitalidad.

— Eso esta mejor— replicó el elfo. Irene se sintió tentada a iniciar una discusión de índole religiosa, cuando de repente el bullicio habitual en la taberna menguó. De repente la situación se volvió tensa y la puerta del local se abrió. Un viento helado entró en aquella sala, y la luz de las velas y antorchas danzaron al ritmo frenético del viento que entraba desde el exterior, y con aquel helor llego una figura trascendente para los Brigidanos.

Aquel era un hombre que Irene había visto mucha veces, pero que siempre le asombraba, era un brigidano que había llegado a una edad avanzada, lo cual significaba que había luchado y matado mucho, que había pasado penurias y las había superado con fuerza y maña; y entre otras cosas era guardián del conocimiento oral de aquel pueblo, él era el Relator, y solo las Sorginas de Ma´ari estaban por encima de su persona. Los jóvenes, y en especial el parrandero Wensella, le abrieron espacio y prepararon una mesa para el señor cerca del hogar. A gritos pidieron vino y guiso para él hombre, y una vez que estuvo servido el bullicio volvió.

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Al cabo de un rato, la hermosa y educada voz de Melitelo se alzó sobre todo el mundo, inicio un canto mientras sacaba a duras penas unas notas concordantes al laúd; su canto versaba sobre Ma´ari, Brígida y su nieto Fierro, pero cuando termino aquel canto, las chanzas de los demás lo hicieron callar.

— Mozalbete, no sabes nada de tu pueblo ¿Qué diantres, pasa con los jóvenes de ahora? — preguntó de repente el Relator, alzando la voz entre la multitud la cual lentamente se fue aplacando.

— ¿Y, en que se ha equivocado, el buen Melitelo? — Inquirió Wensella, mientras se ponía de pie- Su cuento ha sido bonito.

— Pero no es verdad, mocoso— replicó el viejo

— Venga pues, santo padre ilumínenos

— Ya quisieras que fuese tu padre— replicó— si lo fuese ya te habría quitado esa sonrisa a punta de soplamocos y te habría partió el culo a punta de trancazos para que te enderezaras- frente aquellas amenazas, el joven Wensella, estalló en carcajadas para el desconcierto el monseñor y la amargura de Rogelio. Irene no pudo evitar sonreír también.

— Venga, disculpadme maestro, me he propasado, pero os ruego que, por favor, nos saquéis del error— replicó con reverencia y humildad

— Vale— dijo el viejo— la historia es esta:

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“En el viejo mundo, en una era nebulosa, cuando el hombre apenas estaba caminando por la tierra, Ortzid, el amontonador de nubes, ofendió a Ma´ari, madre de todos y la reto en su propio terreno, dijo que tomaría el control de toda la creación, e iniciaría por la tierra a sus pies. Ma´ari enfurecida llamo a sus fuerzas para defenderse, la mayoría de ellas estaban conformada por los enanos, y los Jentilak de Basanjuán y guiando a sus tropas estaba Brígida, la hija primogénita de Ma´ari, vestía esta una armadura de metal que cubría todo su cuerpo y había sido forjada por los enanos, peleaba con una espada brillante forjada por su propia madre con metales adamantinos extraídos de sus entrañas. Brígida era fiera y fuerte, su piel era dorada, sus cabellos rojos como el magma que mana de la tierra, su voz era capaz de escuchar se a gran distancia y cuando gritaba era como si diez mil hombre aullaran al mismo tiempo. Brígida tenía fuego en su interior, y no había hombre alguno que pudiese con ella, nadie osaba oponérsele, salvo su madre.

Ortzid había enviado a la tierra, una serie de gigantes hechos con rayos y nubes, con hielo y agua. Eran temibles, brutales y poderosos, pues su padre había infundido en ello parte de su poder: el rayo. Aun así, Brígida no cedía ante ellos, los mataba con precisión, y a veces con un solo golpe. Los gigantes escaparon de su furia y fueron a correr al seno de su padre.

Excitada por la victoria, Brígida se adelantó a sus tropas, y persiguió a los gigantes, y aquellos que hallaba los mataba brutalmente. Pero pernicioso le resulto su atrevimiento; pues Ortzid consiente de la ferocidad de la hija de Ma´ari había guardado a su mejor hombre para el final; nadie recuerda su nombre, ni yo. Pero se dice que estaba en igualdad de condiciones con Brígida, pues con un golpe la derroto e inutilizó, y en vez de matarle la ultrajó. Considerando que aquello seria más doloroso para ella y su madre, que la victoria absoluta, Ortzid llamo a sus fuerzas y se retiró a una fortaleza segura, en el punto más alto del mundo.

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Pero Ma´ari y Brígida no son mujeres normales, y transformaron aquel dolor en una fuerza que les impulsara a vengarse. Brígida se curó de sus heridas, y sin importarle mucho su estado salió a buscar venganza, armo un gran ejército, y arremetió contra los intereses del Amontonador de Nubes. Aquellas acciones atrajeron su atención, y aquel dios arremetió de nuevo.

Aquella batalla duró años, y muchos fueron los gigantes de la tormenta que cayeron bajo la espada de Brígida, sus enanos y los Jentilak, hasta que ella volvió a estar frente a Ortzid y su hijo preferido. En aquella última batalla campal los dolores de parto, que atormentan a todas las mujeres, alcanzaron a Brígida, pero el dolor para ella no era nada. Uso aquel pesar y aquella ira como combustible para acaba con su oponente, el hijo de los cielos fue muerto por Brígida, quien lo decapito, y se dice que se hizo con el cadáver; y con su piel se creó un manto y una alfombra.

Pero cuando terminó con el hijo del Cielo, estaba cansada y adolorida, y parecía presa fácil para el amontonador quien estaba deseando vengar al hijo que había muerto frente a sus ojos, y le prometía a la guerrera toda clase de torturas. Cuando se acercó a ella, presto para ultrajarle y matarle, la hija de Ma´ari que incita a los hombres a la guerra, dio a luz. De su vientre, presto al combate, y según cuentan algunos más viejos que yo, salió armado el mismo fierro. Llorando y ensangrentado, salto sobre su abuelo, y dio buena cuenta de él. No logro matar al Amontonador de nubes, pero se cuenta que logro sacarle el ojo siniestro y cortarle la diestra con un solo movimiento.

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Se cuenta que Brígida perdió la conciencia y Ortzid antes huir tomo a Fierro y le arrojo lo más lejos posible, hacia las montañas. Se dice que Brígida volvió con su madre, y vago por el mundo buscando a su hijo, pero muchas eran las tareas que debía hacer, y muchos los monstruos a los cuales debía meter en cintura. Dicen que Fierro vago hasta que hallo un pueblo en las montañas, de nuestra antigua tierra, y allí sé junto con una mujer y creo a nuestro pueblo. Les enseñó a sobrevivir en los lugares inhóspitos y a usar el hierro para pelear y matar con rapidez. Durante años sus hombres bajaban de la montaña y asolaban las llanuras; luchaba codo a codo o a veces en contra de los Jentilak. No había nada que aquel pueblo pudiese derrotar, hasta que el Zmei llego.

Aquel era un reptil volado, que expelía fuego y veneno, tenia muchas cabezas, y recorría el mundo devorando ovejas y hombres por igual, quemando sembradíos y bosques y regodeándose en el pesar. Aquella bestia blasfemaba contra los dioses y el orden natural. Furiosa por su actual Ma´ari, Madre de todos, envío a Brígida.

La hija de Ma´ari, recorrió el mundo hasta dar con la bestia y peleo con ella en todos los lugares, las batallas resultaron terribles para ambos, a veces ganaba la bestia, y en otras la temible guerrera de cabellos escarlata. Hasta que la bestia la arrincono en un valle, la puso contra unas montañas, no había ayuda alguna. Su tropa conformada por los enanos más valientes habían caído, hacía ratos, bajo las garras del Zmei o habían sido devorados, la guerrera veía en aquella situación, su muerte. Cuando de repente un gran rugido se escuchó desde lo alto de la montaña, y un grupo de guerrero descendió de ella presto a asistir a la diosa. Eran un pueblo de hombres, barbudos, cejijuntos y fieros, hombres, mujeres y viejos peleaban por igual y estaban armados con objetos toscos, pero al frente de ellos iba a un hombre digno y egregio, que Brígida reconoció como su hijo. Fierro se dice que era alto, sus cabellos eran negros como la hulla, su piel blanca como las nubes, pero en sus ojos ardía el fuego, que su madre portaba en la cabeza. Fierro, se había hecho llamar, y a pesar de que estaba entrado en años, peleo contra el Zmei.

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Durante diez días y sus noches, Fierro y su pueblo lucharon contra el dragón, hasta que solo quedo Fierro; pues sus tropas por miedo y órdenes de su señor se habían retirado del fragor de combate. Al final Fierro triunfo; pero amargo es el triunfo del verdadero héroe, por cayó en brazo de sus madre, pues sus heridas eran severas y habían sido impregnadas de venenos. Fierro se disculpó con su madre, y le rogó que lo perdonase por no haber llegado antes y haberse perdido. Pero Brígida no tenía palabras de reproche para su hijo. En aquel momento la fiera guerrera derramo lagrimas por primera vez; Fierro al ver llorar a su madre, la consoló diciéndole que aquellas tropas que vinieron con él, eran sus nietos, bisnietos y tataranietos y que los cuidase con más amor.

Brígida no dudó de su hijo, y mientras moría en sus brazos aceptó el patronazgo sobre su prole, juró protegerles y guiarles; desde entonces aquellos hombres y mujeres son conocidos como los Brigidanos, y el primero de nosotros es Fierro. Quien fue llevado a una cueva a las profundidades; a descansar en el sueño de los justos pero prometiendo que en el momento de mayor pesar él volvería para guiar a su pueblo. Por eso los Brigidanos cuando luchamos gritamos: Despierta Fierro, Despierta hijo de Brígida. Esto con la esperanza, de que el primero de todos, se levanté para pelear una vez más.”

Aquellas palabras llegaron al corazón de Irene, había escuchado ese cuento muchas veces pero nunca podía evitar sentir la pasión y el pesar que le embargaba por al escuchar sobre la muerte de Fierro. De repente, como siempre sintió un jalón de pelo. Un jalón que la volvía a la realidad, un jalón que significaba que Rogelio y cualquier otro Brigidanos cercanos le habían arrancado algunos cabellos rojos, como gesto contra el mal de ojos, y gritaban de Nuevo Odas a Fierro.

— ¡Ouch! ¡Dejad eso o me dejaréis calva! — le dijo a Rogelio mientras lo golpeaba y le sonreía, mientras que recordaba que esas eran las vicisitudes de vivir entre Remanos.

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Esta entrada fue publicada el 28 mayo, 2011 por en Ambientación, Literatura.
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