En la Antesala Al Portal Oscuro

Domina Matre adorent ante pedes tuos:

La presente serie de  relatos son una reconstrucción de los apuntes y anotaciones del Diario personal del Detective Marco Aurelio Velásquez, honorable y destacado miembro del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas. (CICPC) y sus aventuras al lado del Diletante e Investigador Privado adjunto Cristian Rosencranzt; todo esto justo antes de la misteriosa desaparición de ambos.

Deben saber que muchos nombres han sido modificados para preservar las identidades de los implicados. Por otro lado sepan que gran parte es puño y letra del Detective Velásquez, pero hay partes donde he tenido, por la necesidad de la narración y la concordancia, que meter mi pluma para hacer la cuestión algo amena y florida. He llenado algunos espacios gracias a apuntes de terceros, algunos pertenecientes a otros libros y lo que recuerdo de las charlas que tuve con este par.

Supongo que se alzaran algunas voces contra mí, argumentando que todo esto es un invento. Les diré que he decidido publicar este material porque creo que es momento de que la verdad se sepa, y porque siento que mi hora final está cerca. Espero que sepan entender mis razones y disfruten esta lectura, la mastiquen y digieran bien y sobre todo, sepan leer entre líneas.

Recuerden que, muchas veces, la mejor forma de ocultar una verdad es a simple vista. Y la manera “más eficiente” de revelarla es velándola.  
J.R

Caracas  17 de Febrero del 2014

I
            Como la gran mayoría de los niños venezolanos yo, y mi papá también, soñaba con ser jugador profesional de Baseball. Así pues, a tierna edad y, durante buena parte de la misma, pase mi infancia practicando ese deporte, ilusionado y comprometido. Me veía, sin duda alguna, vestido y firmado por los Yanquis de Nueva York o los Dodgers o cualquier otro equipo de las ligas mayores, ganando en dólares, viviendo en Estados Unidos y casado con el amor de vida, que para ese momento era la hija menor de la vecina. Todos aquellos sueños se vinieron abajo cuando, en algún punto entre la infancia y la pre-adolescencia, sufrí un accidente.  

            Si no me falla la memoria me rompí una pierna, así pues me vi obligado a guardar reposo por mucho tiempo. Aquellos fueron días aciagos que soporte gracias a la lectura y la Televisión, pero sobre todo a la primera. ¿Qué libros devore? Pues los de Sir Arthur Conan Doyle, y con ellos se obró en mi un cambio significativo. Una alteración en mi forma de pensar que, al principio, no le gustaría a mi papá; pues ya no deseaba ser un pelotero en las grandes ligas, ahora quería ser policía.  Mi padre, después de pelear y pasar mucho tiempo en negación, decidió abrazar la realidad y dijo que si iba a luchar por la Ley y el Orden, lo haría bien.  Se movió cielo y tierra y pude estudiar lo que deseaba.

Fue mucho el esfuerzo, pero al final logre entrar al CICPC. Pasó el tiempo y un sinfín de sacrificios más y pude ser detective. Deben saber que ser el novato siempre es difícil, se tiene que trabajar el doble, si se desea sobrevivir, y el triple si la intención es destacar. Yo me esforcé al máximo. Soporté muchas cargas hasta que me hice de un buen nombre, no solo gracias a mi voluntarioso esfuerzo, sino a mis habilidades y ¿Cuál fue la recompensa de mi esfuerzo? Me transformaron en la niñera consagrada de un civil.

            Al principio pensé que era un castigo y, presumo que para mis superiores fue una especie de novatada definitiva, una forma de córtale las alas a este arribista. Pero al final, he de confesar, que estoy muy agradecido por lo que hicieron. Trabajar con Cristian Rosencrantz ha sido, desde un punto profesional y hasta académico, lo mejor que me ha pasado.

            Se preguntaran ¿Cómo es Cristian? La verdad es que era, y es un, un furúnculo en una nalga. Sí, sin duda alguna, esa expresión lo describe a cabalidad. Lo demás es adorno, bien merecido, pero adorno…. Es un tipo inteligente, muy culto y versado en muchos misterios, sabelotodo, engreído y con un poder de observación sin igual, acompañado de una capacidad para deducir que, al menos a mí, asombra. En cuanto a su apariencia, fue una sorpresa para mí cuando lo vi por primera vez. Verá el “Detective adjunto”  Cristian Rosencrantz, mide exactamente un metro setenta y seis centímetros, su piel es blanca, tanto como lo permite el inclemente sol tropical; su cabello castaño y siempre bien peinado, su nariz perfilada, de labios escasos, ojos café y profundos, y por ultimo unas cejas que…. Son… como solía decir mi hermana… cejas de azotador, pobladas. Lo que le daba un aspecto severo. Siempre va impecable y de traje, a menos que la situación requiera lo contrario, acompaña a su atuendo unos lentes oscuros de una montura delicada que casi parece alambre y un par de guantes  negros que, muy pocas veces, se quita. Esta es la mejor semblanza que puedo hacer de quien sería mi compañero de aventuras.  Lo demás, sin duda alguna, lo verán por ustedes.

Lo que voy a contar no es, ni de lejos, nuestra primera aventura, pero si es la que nos permitiría dar el primer paso, hacia un mundo que no entiendo y, ya no reconozco. Deben saber que para ese momento, Cristian y yo, nos habíamos acostumbrado a trabajar juntos.  Aquel fue un trabajo difícil y tortuoso, pero tuvo sus recompensas a la larga.

Cuando llegamos  a la escena del crimen, la cual se encontraba entre la Primera Transversal de la Castellana con la Avenida Eugenio Mendoza en Altamira en el municipio Chacao, fuimos recibidos por el Comisario Asdrúbal Salazar y otros colegas. En sus rostros se podía ver cierto malestar, y no era para menos pues este caso estaba llamando la atención. Desde los noventa no habían tenido un caso tan críptico y mucho menos relacionado con el ocultismo. Sí, como lo has oído el caso tenía una connotación mística.

Fuimos llevados ante al cadáver y allí Rosencrantz comenzó su labor. Primero se despojo de sus anteojos oscuros, una vez estos estuvieron a buen resguardo en su saco, hizo aparecer, casi de la nada, una pequeña lupa y valiéndose de la misma comenzó el escrutinio del occiso.

—Mujer caucásica— comenzó a recitar en voz alta, mientras yo desenfundaba un pequeño grabador— de treinta y cinco años de edad aproximadamente, con un trabajo estable y bien remunerado. Cabellos oscuros, usaba lentes. Cuerpo atlético y atractivo. No hay señal de violencia de índole sexual, se le extrajo el corazón como a las otras víctimas, fue vestida con una  túnica de corte clásico, hecha de gaza— hizo una pausa y sacó  un objeto que a los demás se le antojo desconocido, pero que yo supe que era.

—Está orientada hacia el norte, como el resto— me adelanté

—En efecto

—Y están las marcas de las velas, y supongo que en ese pequeño pebetero encontraremos incienso y mirra.

—No lo pondría en duda— replicó Cristian— Es, en efecto, el mismo rito. Aunque hay ciertos elementos simbólicos que no se repiten.

—La antorcha, la corona de laurel; Eso parece una espada y aquello un cuerno.

—Y estos símbolos aquí representan a los animales rastreros. Un lagarto.
—Interesante— mascullé y levanté la vista, el Comisario y los otros, no recuerdo sus nombres, nos miraban estupefactos. No comprendían lo que había pasado allí y mucho menos la dinámica de nuestra relación. Les asombraba que Rosencrantz y yo estuviésemos en sincronía, especialmente porque nadie, hasta el momento había congeniado con el investigador. Ni siquiera el comisario lo tragaba, y eso que había resuelto varios cangrejos para él.

— ¿Y entonces?— preguntó el comisario con áspera voz —¿ alguna idea?

—Ciertamente, comisario— emprendió Rosencrantz— está viendo usted a la última víctima de un elaborado ritual.  Uno con un peso simbólico que estoy comenzando a comprender. Necesito revisar algunos apuntes. Solo diré, que es muy probable que encontremos en esta mujer algunos puntos en común con las otras. Salvo por el vestido, el modus operandi de los asesinos, el hecho de que no fueron abusadas sexualmente, seguro hallará en ella el mismo estupefaciente que encontraron en las venas de las demás. También se percataran de que la chica no fue asesinada aquí, eso es obvio— hizo una pausa, se acercó a los pies del cadáver, los observó durante unos segundos con la lupa y sin levantar la vista dijo— Sin duda la tierra en la planta de los pies nos dirá donde  fue asesinada— pasó su dedo enguantado por la planta del pie, para acto seguido observarlo con detenimiento— Ya sé donde fueron asesinadas

—Dígame, ¿Dónde?

—La escena original del homicidio siempre estuvo frente a nosotros— respondió poniéndose de pie y señalando al frente.

—El Ávila— masculló el comisario.

—Sí, y yo que usted movería mis fichas, que comiencen a revisar la falda del cerro; y preguntar en las cercanías por ruidos, luces inusuales, grupos de gente sospechosas y cánticos o letanías.

—Pero es mucho terreno por cubrir

—Empiece por la entrada más cerca a este punto. No creo que tenga que ir muy lejos— respondió— pero dese prisa, porque si esto es lo que yo creo debe haber una sexta víctima. 

— ¿Entonces ha sido una secta satánica?

—Sí y no—respondió Rosencrantz.

— ¿Perdón?

—Ha sido una secta, pero no tiene nada que ver con el satanismo. Creo que es algo muy antiguo.

            Rosencrantz se calzó los lentes y, sin mediar palabras, se alejó de la escena del crimen hacia el automóvil. Yo me quede con el comisario afinando unos detalles, recibiendo nuevas instrucciones y una vez que estuvo todo listo me acerque a Cristian.

—Vayamos por algo de comer— dijo— Necesito proteína.
II

             
            Una vez satisfecha su necesidad fisiológica y mientras disfrutábamos de un café, en la feria del centro comercial más cercano a la escena del crimen Rosencrantz decidió repasar los  datos del caso.

— ¿Qué sabemos hasta ahora?— me preguntó.

—Tenemos cinco víctimas con la última, todas mujeres jóvenes

— ¿Qué más?

—Cada una ha sido depositada en uno de los distritos que conforman la gran Caracas.

—Si unes los puntos te dará un pentagrama

—No me…

—Sigue— me atajó

—La primera víctima la encontramos en Petare, en el casco histórico— dije— llevaba el mismo tipo de vestido, la misma herida. Era una mujer joven, atractiva de piel un poco más oscura. Era, según declaraciones de los conocidos, una chica atractiva y hogareña. Alegre jovial, no tenía problemas con nadie, trabajaba en una zapatería. Encontramos a sus pies una tragavenado descuartizada y una manzana en sus manos. Y la frase: primum in matris

—Eva, la madre primigenia

— ¿perdón?

—La siguiente— replicó

—En el Hatillo, frente a la iglesia local. Era una chica igual de atractiva, rubia, voluptuosa, presumimos que era escolta. Sus conocidos la describieron como una mujer alegre, independiente, seductora, madre soltera. Algunas mujeres, como una casquivana, robamaridos.  Vestía igual que el resto, salvo que estaba muy maquillada, tenía a sus pies el cadáver de una perra callejera. Símbolos inusuales. Y la frase en latín:Lamia alejate

—Lilith apártate.

— ¿Me vas a decir que estas mascullando?

—No— respondió— descríbeme a la otra.

Suspiré resignado y reemprendí el recuento de datos— La encontramos en Baruta, de nuevo frente a un templo. Esta joven era atractiva, un morena, menos voluptuosa que los demás. Era conocida por ser una chica trabajadora, de las que no dan problema. Atenta, amistosa y maternal— hice una pausa— se iba a casar, tengo entendido. Encontramos una media luna de plata, un ank,  una paloma degollada, varios huevos  y la frase: Mater, ad pedes terra venerátur

—Oh Madre, el mundo se postra ante ti— tradujo Rosencrantz

Esta vez pase directo a la descripción de la próxima victima

—Esta fue encontrada en la parroquia San Pedro del municipio Libertador— comencé— a los pies de una iglesia dedicada a San Pedro. La chica vestía igual que las demás, era sumamente atractiva igual que las dos primeras. Estudiaba en la Universidad Central, Odontología. Material para ser miss, dijo uno por allí. Una chica bonita, pero vana. Poco inteligente según algunos. Carismática para unos, una zorra para otras. Tenía una corona y un ganso descuartizado. Más huevos y  también había una frase y esta era: discordiarum fructum. O discordia.

—La fruta de la Discordia, Oh Discordia. 
—La última te la debo— le dije y guarde silencio esperando su movimiento.

—Tus acertadas observaciones me han permitido darme cuenta de algo. Hay una fuerte simbología que remite a una serie de arquetipos. Y a un rito bien primigenio.

—Explícate.

—Cada una de las chicas representa un arquetipo de la feminidad. La primera es Eva, el objeto de deseo. La segunda es la seductora Lilith  que se mienta en los textos apócrifos; la tercera chica es nada más y nada menos que María, la casta madre, la que es espiritualmente superior o Isis, si te quieres liberar de las connotaciones judeocristianas. La que sigue, la chica de la central es Helena, el objeto de discordia, la mujer físicamente atractiva, pero espiritual y mentalmente vacía.

— ¿Y la última?

—Es la Sofía gnóstica. La mujer trascendente. Es hermosa, exitosa, es espiritual, mental y físicamente superior— hizo una pausa— todas ellas fueron descritas como niveles o aspectos del ánima por el psicólogo suizo Carl Jung. Todas salvo Lilith. Pero si algo es cierto es que todas reunidas en una resumen todos los aspectos positivos y negativos de la feminidad.

— ¿entonces que tenemos aquí? ¿Un culto misógino?

—No— me respondió y rápidamente paso a registrar los papeles que estaban regados en la mesita de la feria. Extrajo una foto de una de las víctimas y la observó detenidamente. La hizo a un lado y observo otra, acto seguido dijo— Todas las inmoladas, y la ultima no será la excepción deben tener este símbolo en el cuerpo.

—Omega

—Parece, pero en realidad es el símbolo de una divinidad muy antigua. Ninhursag, Ninmah, Nintu, Nammu, Isthar… escoge tu veneno— dijo mientras observaba su teléfono inteligente.

— ¿Qué es esto, entonces?

—Un  gran ritual, llevado a cabo por un culto dedicado a la feminidad, la maternidad y vida.  Creo, y soy muy atrevido al decirlo, que es un intento de invocar a Babalon.

— ¿baba qué?

—Babalon, el principio femenino universal, Bárbelo. Fue algo que ya intento Alesteir Crowley a principios del siglo XX y que relató en su escrito El Libro de la Ley, y que otros seguidores de la Thelema replicaron, entre ellos el célebre Jack Parson.

—Y ¿para qué querrías invocar al principio femenino universal?

—Por poder, conocimiento, curiosidad, para desatar el fin de todo… o solo porque se es capaz de hacerlo— respondió.

— ¿Cómo crees que se lleve a cabo el rito?— le pregunté

—Es muy irresponsable…

—Especula, por favor

—Bien, seguro en una pequeña floresta. En u altar sacrificaran a otra mujer a la que le incorporaran, de alguna forma los cinco corazones robados

— ¿Por qué los corazones?

—Los antiguos pensaban que era el asiento del alma, del pensamiento. Así que, si el arquetipo es como el alma o es una especie de esencia metafísica, seguro se encuentra resguardado en el corazón.

—Entonces extraerán los arquetipos de estos corazones y los transmitirán a un vehículo.

—Sí, las energías deben atraerse— respondió— todo ello servirá para llamar a Babalon que seguro poseerá a la próxima víctima.

— ¿Quién podría estar detrás de esto?

—Mucha gente seguro— dijo y dio un sorbo al café que tenia olvidado, que para ese momento estaba ya frío, pero a él no le importaba— pero las cabezas de este culto debe ser gente versada, pudiente. Si bien en esta época el latín puede estar a manos de todos, gracias a la red, hay cosas que no son accesibles.

—Las coronas, los trajes de corte clásico, las espadas, la mirra y el incienso— le dije

—Lo último se puede conseguir en cualquier tienda de brujería.

—Cierto, pero creo que aquí falta algo. Esta ecuación esta fuera de balance— le dije y el pasó de nuevo a ese modo pensativo, donde su mirada se perdía en el vacío.

—En efecto, creo que falta algo más en esta ecuación y comienzo a temerme que es.

—Dímelo— le ordene

—No, déjame revisar unas cosas— respondió— se cauteloso al rendir cuenta a tu superior— se puso de pie y agregó— Nos vemos en mi casa esta noche, debemos afinar algunos puntos.

Acto seguido se puso de pie y me dejó solo con ese desorden en la mesa de la feria. Aquella fue la primera vez, pero no la única, en la cual Cristian Rosencrantz se iba sin mí. Supongo que tendría un taxista de confianza. Ahora que recuerdo, siempre lo hizo cuando la situación era grave y necesitaba estar solo.

III


            Dar parte al comisario fue realmente difícil, no entendió ni papa sobre ocultismo, a pesar de que traté de ser pedagógico en extremo. Pero por su parte, comprendía a cabalidad el modo de operar de este grupo. Supuso que estas chicas habían sido secuestradas por personas cercanas o que las vigilaban. Y que, seguro, nos estábamos enfrentados a algo que era más grande que nosotros. Esa idea no me había pasado por la mente, pero supongo que a Cristian sí. Como sea, el comisario acepto mis palabra y no tardó en poner en marcha las pesquisas en Altamira.

            Esa noche me encontré con Rosencrantz en su casa, me invito a cenar. Comida china, si no me falla la memoria. Luego comenzamos a revisar los datos. Los ordenamos por diferente orden y prioridades y cotejamos nuestros apuntes con la información que enviaron los laboratorios. Generalmente estos experimentos tardan, pero este caso se había colado, hasta cierto punto, en los medios y por lo tanto todo lo relacionado con el tenia prioridad. Cristian celebró cuando se confirmó que la tierra en los pies de la ultima victima venia del cerro Ávila, y que el comisario accedió a llevar a cabo las pesquisas. Preparamos las preguntas que debían hacerse, y las cosas que debían buscarse. Si teníamos éxito encontraríamos el altar del culto.

Sobre ese punto, Rosencrantz terminó de despejar mis dudas, dándole forma y solidez a la información que ya manejaba, pero no agregó nada más. En poco tiempo me embargó la sensación de que me ocultaba algo. Deje de lado eso pensamientos, los cuales podían ser ciertos, y que planteaban una serie de interrogantes que, por otro lado, yo sabía que él no me respondería. Si tenía algo que decirme, Cristian me lo diría a su debido momento.

Pasaron varios días movidos, donde asistimos a la fuerzas, a la hora de interrogar a las personas que vivían en la falda del cerro. Como supongo que sabrán, desde Altamira, que fue el sitio donde se encontró el último cadáver, se puede subir al  cerro por Sabas nieve. Es la ruta que siguen muchas personas para hacer deporte; y al parecer era la ruta que seguía el culto.

 Resulta ser que varias personas nos comentaron que, en efecto, en ciertos momentos habían escuchado cantos, lamentos o voces de ultratumbas que traía el viento. También habían visto  automóviles sospechosos acercarse por la zona, luces en la lejanía y demás. Habían hecho las denuncias pero habían sido descartadas como meros cuentos de terror. Otros no hablaba, tuvieron que ser convencidos y solo soltaron frases inconexas y susurros. Resulta ser que esto era de vieja data, pero, se había intensificado durante el último mes, justo cuando las victimas comenzaron a hacer acto de presencia.  

Las pesquisas no fue lo único difícil de llevar a cabo. También el peinar la zona buscando una posible floresta para llevar a cabo el rito resulto complicada. Verán, al principio los policías se tomaron con la jocosidad del crédulo, su tarea. Pero lentamente comenzaron a sentir una opresión. Comenzaron a pensar que los vigilaban, que los seguían y, a medida que esta ominosa nube se iba aposentando sobre ellos, la gente era más renuente a la hora de cooperar. Los grupos comenzaron a rotarse porque los funcionarios comenzaron a caer presas de un miedo debilitante. Luego, a la hora de internarse en la montaña, los hombres comenzaron a sentir lo mismo, y en medio del monte el malestar se intensificó aun más.  Si algunos agentes cayeron presa de sus nervios en la urbanización, los policías que cayeron víctimas del bosque fueron el doble. Llegó un momento donde el comisario estuvo tentado a dejar todo, pero Rosencrantz le conminó a no cejar en su empeño y tomo cartas en el asunto.

Si puedo ser sincero, yo tenía mucho miedo, y estaba renuente a ponerme a revisar el cerro. Pero Cristian me disuadió, sus argumentos me parecieron lógicos, y por ultimo me vi obligado por mis superiores, porque Cristian se negaba a cooperar si yo no lo acompañaba. No lo haría ahora, ni en el futuro. Así pues que, en pro de evitar futuros cangrejos, me arme de coraje y acompañe al demente de mi “amigo”. Dar con el sitio idóneo nos costó un buen rato, mucho calor, las mordidas de algunas hormigas y el encontrarnos con una despreciable serpiente. Pero al final dimos con un sitio idóneo. En poco tiempo Rosencrantz lo requiso y dijo.

—Es el sitio idóneo. Ahora hay que buscar una forma de tenderle una trampa.
            Yo creo que Dios le da a todo hombre, y mujer, un don principal para compensar sus defectos y fallas. Le otorga las herramientas para que se gane la vida o se haga su espacio o deje su marca en el mundo. Tienes a una fea con una hermosa voz, a una tonta con un cuerpo escultural y la propensión a abrir las piernas. El tímido tiene talento para la escritura y el loco es capaz de retratar la realidad a la perfección y de forma hermosa con pinceles y acuarelas. Como sea, el señor no nos desampara. Creo que con Cristian no hizo la excepción, pero en vez de darle un don, le dio varios y entre ellos esta esa repulsiva lengua de plata.

            Endemoniada lengua meliflua que convenció al comisario Asdrúbal y sus superiores de tenderle una trampa al culto. Una lengua y un ingenio que le permitió diseñar y plantear la operación de tal forma que no levantaría sospecha alguna en nuestra presa y, que a su vez, seria en exceso efectiva.  Como sea Cristian Rosencrantz consiguió lo que deseaba, un grupo de agentes armados y preparados alrededor de la floresta para darle el golpe, letal y preciso, a los acólitos.  Y… claro está participar él en golpe. 

            Después de lo que vi, a mi me hubiese encantado no estar incluido en ese plan.

IV


            Hay muchas cosas que no recuerdo. No recuerdo algunas navidades, ni los nombres de mis compañeros de primer grado, ni mi primer beso, no recuerdo mi primera mala nota, ni mi primera cerveza, ni cuando comencé a rasurarme o a tomar cerveza en serio. En cambio hay muchas cosas que recuerdo y otras que de plano desearía olvidar y no puedo. Aquella noche entra dentro de esa categoría.

            Recuerdo que durante ese día llovió, también que para cuando la noche cayó había siniestros jirones de nubes, un fresco inusual y una luna tan llena y brillante que más que cómplice parecía querer delatarnos. Recuerdo las posiciones que tomamos alrededor del claro, pero no los detalles concisos del lugar, creo que,  aun ahora, no podría ubicarlo. He de confesar que durante unos momentos me pareció gigantesco y en otros pequeño. Recuerdo que vimos como los acólitos fueron llegando a medida que el día se rendía ante la noche. Como vestían túnicas negras con albornoz, tal cual un película de terror B. Recuerdo como armaron rápidamente el altar y prepararon una pira. Como algunos se fueron sentando alrededor de esta y comenzaron entonar cánticos. Letanías que coincidían con las declaraciones. Eran sin duda lamentos que el viento barrería y regalaría a la gente en las faldas del cerro.

Recuerdo, y aun hoy se me eriza la piel, como dos tipos, bien fornidos y con el torso descubierto, aparecieron de la nada y arrastraron a una mujer realmente hermosa. Su piel era pálida, su cuerpo proporcionado y atlético; vestía una toga de corte clásico, pero esta era roja. Recuerdo que Rosencrantz dijo que era nuestra víctima. La acostaron en el altar y para nuestra sorpresa no la ataron.

Recuerdo que luego aparecieron cuatro tipos con una especie de péndulos, no recuerdo el nombre ahora y no estoy ánimo para buscarlo, con los que se dispensa el incienso en la iglesia. Cuando eso ocurrió, Rosencrantz me hizo un gesto para que me cubriera la nariz y me ordenó, con otro, que corriera la voz. Protegerse de aquel olor fue difícil, pues en poco tiempo lo impregnó todo, pero cuando eso pasó me percate del porque de la urgencia de mi socio. Los acólitos comenzaron cantar con más fuerzas, la intensidad y el ritmo aumento a medida que el humo lo cubría todo. Sin duda, el incienso tenía un piquete.
Al cabo de un rato, bien avanzada la noche, cuando los cantos estaban en su punto y los feligreses estaban bullendo de emoción, y la víctima propiciatoria se retorcía como un gusano. Llegaron quienes presidirían la ceremonia. Eran seis. Cinco de ellos llevaban unas ánforas, donde  se encontraban los órganos, el sexto una extraña y sinuosa daga y un mascara de chivo. Macho cabrío, dijo Cristian… una máscara de oro de un macho cabrío.

El alto sacerdote, a todo gañote para poder imponerse sobre la feligresía, comenzó a recitar una letanía en una lengua que fui incapaz de entender. Un lenguaje profano que se me antojo inapropiado para una garganta humana, pero que, aun así, aquel hombre recitaba. Las palabras parecían no dejarse barrer por el viento, a pesar de que la grey las coreaba. La luna decidió jugar para la casa y se ocultó entre los jirones, no sé si para acrecentar el drama o porque le daba pena o temor observar lo que iba a pasar.

Lo primero que me vino a la mente fue que el sacerdote cabrío le sacaría el corazón a la joven. Grande fue mi sorpresa cuando los acólitos con las ánforas se acercaban a él y le facilitaban los corazones. El hombre tomaba los órganos, recitaba otra palabra y con una facilidad asombrosa los aplastaba entre sus manos. Ante estos ojos, que se los han de comer los gusanos, los corazones se volvieron líquidos. No pulpa, no gelatina o pieza solida o pseudo solida, sino líquido.  Y cubrieron a la victima que comenzó aullar a medida que recibía la caricia de los corazones.

Cristian repetía una y otra vez fabuloso, y yo observaba como muchos de los policías estaban embelesados persignándose y algunos orando entre susurros entrecortados. No sé como mantuve la calma, estaba sacando valor del forro de la nariz y contrayendo el esfínter al máximo. Pensé que era el momento para actuar y me preparé para ello, antes de que el temor me llegara a los huesos, pero con un gesto Cristian me calmó. Observa, espera alcanzó a decirme. Y, ¿saben qué? Hoy me arrepiento de haberlo hecho.

Lo que vendría era digno de una película o del viaje más denso de LSD que hombre alguno podría tener. Primero me percaté de que el cabello de la víctima propiciatoria, otrora café, se había tornado carmín. Que ya no se contorneaba como un gusano, sino que reía a viva voz. La mujer se acomodo en altar, abrió las piernas y se levantó la falda. Pensé que el tipo de la máscara la tomaría, pero no fue así.

Se hizo silencio. Era el SILENCIO, tan intenso, tan único que pensé por unos segundo que había perdido la audición. Al final este remitió, mientras los acólitos se hacían a un lado y dejaban que un  nuevo actor entrara al círculo. Surgió de las sombras, ¿Surgió de las sombras? No, no, no. No surgió de ellas, no vino de afuera del círculo, no desde un aspecto físico. En realidad, creo que las sombras, el suelo o los arboles tomaron forma. Tomaron el aspecto de un hombre, fornido, esbelto, tenía el cuerpo de un guerrero, ningún pelafustán conseguiría un cuerpo así, ni yendo todos los días al gimnasio durante mil años. Aquel adonis, habría sido, sin duda el sueño húmedo de cualquier mujer, y al parecer era el de  nuestra víctima, pues cuando lo vio comenzó a aullar de placer. Y el resto estuvo a punto de aullar de terror. Porque si bien el cuerpo era perfectamente humano, era el paragón de la belleza masculina, su cabeza, Cristian dijo que era una máscara, era la de un ciervo.

Allí estaba aquel tipo musculoso con la cabeza de un cierto. Con una gran cornamenta, caminado lentamente hacia el altar donde la mujer aullaba de placer. Los acólitos se postraban ante él y levantaban sus profanas letanías. Con calma se acercó al altar, para acto seguido, con un salvajismo contradictorio tomar a la mujer.

—Estamos viendo un hieros gamos— dijo asombrado, mientras la abominación fornicaba  a sus anchas con la víctima propiciatoria y los acólitos reemprendían el cántico. El miedo emprendió su marcha de nuevo, pues escuché como los agentes comenzaron a rezar y yo mismo tuve que hacer acopio de toda mi voluntad para mantener mi compostura. Música profana y gemidos de placer recorrían la floresta, mientras los “fuertes y valientes” oraban entre temblores.

— ¿Cuándo vamos a intervenir?— pregunté a Rosencrantz.

—Ecce pater mendacii in matrem omnium. vocis in silvis— me respondió en latín y al ver mi expresión tradujo en un tris—He aquí nuestro padre, yaciendo con la madre de todos. Entre susurros en medio del bosque.

— ¡Por Dios! ¿Qué te ocurre?— le pregunté, pero no tuvo tiempo de responderme, pues en ese momento a un policía se le volaron los tapones, perdió irremediablemente la compostura.

            En medio de gritos y maldiciones, uno de los hombres se olvidó de sus órdenes y con su arma en pleno comenzó a disparar. Las balas comenzaron a volar por todos lados; como heraldos despiadados de la destrucción. Mientras su número aumentaba, pues otros se unieron al policía aterrado, los acólitos caían como moscas. La gran mayoría de ellos intentando ponerse entre el agresor y los actores en el hiero gamus.

Vi como el alto sacerdote salió huyendo, y como el resto se quedaba para defender al hombre ciervo y a la mujer de rojo. También vi, con mucho terror lo que ocurrió cuando este término su labor. Primero aulló, no sé si fue placer o ira, y luego la mujer encarnada gimió, sin duda, de gozo y se quedo en calma sobre el altar. Luego, el hombre ciervo salto al claro.

Pensé que sería lento, con ese tamaño con esa cabeza, con los cuernos. Pensé que sería algo lento y brutal. Me equivoque. Aquel ser se movió a gran velocidad, como el viento. En cuestión de segundo estaba  un sitio y luego en otro, llegue a creer que tenía el don de la ubicuidad. Por su parte gozaba de un carácter salvaje, pues asestaba golpes precisos y brutales. Hizo estallar a los hombres, y al parecer las balas poco le hacían.

—Está matando a todos—  alcancé a mascullar y me preparé para disparar pero Cristian me detuvo.
—Solo ataca a quienes lo agraden— me dijo.

—Entonces saquemos a la chica de aquí—le propuse. Con renuencia Cristian aceptó.

Nos acercamos al altar mientras el monstruo luchaba contra los policías, que comenzaban a huir en desbandada. Aquello nos dio una gran oportunidad, pues este les estaba dando caza. Dejamos la cautela a un lado,  y avanzamos hacia la chica, pero esta se nos adelantó. Nos dedicó una sonrisa que distaba de ser cándida o amistosa. Aquella sonrisa estaba llena de maldad, de lascivia y chocancia, tanta que me revolvió el estomago y me erizo todos los vellos del cuerpo, me sentí víctima, cohibido, a merced de algo terrible… me hallaba ante una especie de depredador. Se acomodo en el altar y bostezó, realizó un gesto con su mano y ambos trastabillamos. Me fui de bruces contra el suelo y allí, por cosas de la vida, o tal vez del destino… si, sin duda fue el destino la oscuridad, la inconsciencia cayó sobre mí como una mortaja.


V


— ¿Qué paso allá?— le pregunté a Cristian cuando volví en mi— ¿Qué paso anoche?

Me observó durante un buen rato, parecía ido, pero sabía que estaba allí. Al cabo de unos momentos sus ojos brillaron con malicia y respondió.

—Un matrimonio sagrado— dijo— Entre Babalon y la Bestia.

— ¿Perdón?

—Ante nuestros ojos tuvieron sexo el principio femenino y el principio masculino. Las dos fuerzas primigenia de la creación.

— ¿Te refieres al acto de bestialismo que vimos?

—No fue…— hizo una pausa— Como sea, si me refiero a eso. El hombre de la máscara era la otra parte de la ecuación.

—El hombre astado

—El Dios Cernunos o Pan, o cualquier dios patriarcal que se te antoje… escoge tu veneno.

— ¿Qué sentido tuvo eso? ¿Qué fue?

—Pornografía divina— dijo con una sonrisa de medio lado— Creo que fue el principio del fin. O eso recrea el rito, un pacto un nuevo comienzo. Nueva vida.

—Estaban renovando un pacto con la naturaleza— dije— entiendo. ¿Qué paso con la chica?

—Desapareció

— ¿Y el monstruo?

—Se perdió en el bosque dándole caza a los policías

— ¿Sobrevivieron?

—Sí, los que se alejaron lo suficiente.

— ¿Y tú?

—No le hice nada a la criatura, pasó de mí. Y Babalon también.

— ¿Solo yo…?

—Sí, solo tú perdiste el sentido. Pero fue bueno, las cosas se pusieron muy feas. Pero te diré una cosa, tenemos un chivo expiatorio.

— ¿algún acólito?

—No, el sumo sacerdote— respondió Rosencrantz con calma— logré capturarlo. Lo encontré herido, lo alcanzó una bala perdida.

— ¿Dijo algo?

—Sera mejor que dejes de preguntar, descansa ya viene la ayuda.

—Dime

—Nada que te convenga escuchar, amigo mío. Solo susurros, susurros que se han perdido en el bosque— respondió con calma y guardó silencio durante un buen rato. Conocía esa mirada, esa actitud, Cristian no me diría nada, no soltaría prenda. Sabía que me ocultaba algo, en ese momento no tenía ni idea. Pero tenía fe, que fuese lo que fuese, soltaría la lengua cuando fuese necesario. 

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Esta entrada fue publicada el 19 febrero, 2014 por en Fantasía Urbana, Literatura.
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