En la Antesala Al Portal Oscuro

La Misión del Diablo

federico 001

 

I

            Manuel volvió lentamente en sí. Lo primero que vio fue a un extraño en su casa que le pasaba un pocillo de peltre. La sustancia dentro de aquel objeto no tenía buen olor, y humeaba en abundancia. El hombre torció el gesto ante la idea de ingerirlo.

—Tómatelo con confianza— dijo el extraño— te hará bien.

Manuel comenzó a detallarlo con calma mientras iba abriendo los ojos, y se preguntaba ¿Cómo llegué a mi casa? Era un hombre alto, realmente alto y blanco, de cabellos negros y rasgos duros, pero bien parecido. Vestía una camisa blanca que había visto mejores días, y un pantalón de montar con botas altas, sino hubiese sido por el color de la camisa, Manuel habría pensado que era un señorito de las cercanías. La mirada decidida del hombre le obligó a obedecer. Una vez que se tomo la bebida, el hombre le tendió un trozo de casabe.

—Con calma— dijo— pues tienes más de un día inconsciente— agregó y Manuel se acomodó en su catre.

— ¡Dios Santo!— exclamó por lo bajo— y ¿Usted cuidó de mí durante todo este tiempo?

—En efecto

—Y, ¿Cuál es su nombre?

—Frederick— respondió el señorito con calma y luego paso a hacer la pregunta de rigor— ¿Por qué aquellos hombres en el pueblo te asaltaron tan salvajemente?

Manuel trató de hacer memoria, al principió le dolió un poco la cabeza, pero cuando el extraño lo exhortó a recordar con más fuerza, las imágenes se aclararon.

—Verá usted— respondió— por andar hablando mal del prefecto y el campamento minero.

— ¡Por eso!— exclamó Frederick— lo que debió de haber dicho fue serio entonces

—Sí

—Repítamelo

—No creo que eso sea bueno para los dos, vea como me metió en problema, y seguro que usted saldrá repitiendo todo lo que le diga, se meterá en problemas, y me meterá en más líos a mí.

—A fe mía, por mi honra que no haré eco de lo que usted me dirá

— ¡¿Cómo?!

—No voy a repetir nada de lo que usted me cuente— corrigió— Ahora, cuénteme ¿Qué pasa con ese campamento? ¿Por qué hablar mal de él atrajo la ira del prefecto?

—Bueno, empezando porque ese campamento es un sitio donde, ni siquiera el diablo— dijo y acto seguido se santiguó con rapidez— quisiera estar. Los hombres son llevados allí, para trabajar como negros, sacan oro y otros minerales, que los enferman, se vuelven locos y al final los lanzan en un pozo a todos para que mueran. Los hombres que van pa´ allá van engañaos por la promesa de un buen sueldo, la mayoría de las monedas se las queda el prefecto, el resto se las da a las mujeres de los mineros. Por cierto, las mujeres que mandan pa allá, les van peor. Y los indios ni le digo.

— ¡Vaya!— exclamó Frederick— es realmente horrible

—Nada que ver— dijo Manuel— sino he empezao

—Dígame, ¿Cómo son los hombres que mandan en ese lugar?

—Uno es un señor mayor, viste muy bien a pesar del calor de la selva. Va acompañado de un muchacho, tan joven como usted, pero catire y de ojos azules y fríos. Viste como un soldado, pero no tiene medallas y cosas así.

— ¿Estás seguro?— preguntó Frederick

—Por este puñao e’ cruces— dijo Manuel

Frederick asintió en silencio, la descripción del hombre joven coincidía con uno de los bandoleros, que entro en la casa de su amigo Jesús y le dio muerte. Hombre al que alcanzó a ver, cuando intervino a favor de su amigo. Ya había decidido acercarse a la misión, ahora aquella decisión se había vuelto más férrea.

Rápidamente se levantó, se coloco su sombrero y un extraño cinturón donde llevaba par de pistolas, y un machete. Se despidió del Manuel y dispuso a salir.

— ¿Qué va a hacer, patrón?— preguntó Manuel asustado, tratando de ponerse de pie.

—Voy a hablar con el prefecto y luego voy a ese campamento.

— ¡Pero usted está loco!— exclamó asombrado Manuel

—A veces pienso que sí. Que tenga un buen día, señor mío, y sin duda que se recuperé— agregó mientras salía de aquella casa de bahareque como un vendaval, y con el anhelo de venganza en su corazón.

II

            Infiltrarse en la misión resultó sencillo para Frederick, tal como le había contado Manuel, el sitio rebozaba de actividad. Así que un hombre de sus rasgos y estatura realmente pasaría desapercibido si se movía con cuidado. Aquel sitio, por otro lado, resulto ser todo lo que Manuel le había contado, y hasta más. Distaba mucho de ser el infierno en la tierra, eso había sido para Frederick las trincheras durante la Gran Guerra, pero se le asemejaba lo suficiente. Allí solo había dos clases de personas, los fuertes y los débiles, y estos últimos se dividían en: los aptos para trabajar, y los que eran cadáveres, realmente no había nada más. Aquello indigno realmente al joven mientras se infiltraba, para luego helarle la sangre cuando se enteró de quienes estaban detrás de aquel campamento minero.

Al principio había pensado que se trataba de aquellas corporaciones y casas comerciales que había llegado a Venezuela para explotar sus recursos, especialmente el petróleo. Pero luego se percató de que no era así, quienes estaban detrás de aquel pequeño infierno, era un extraño grupo proveniente de su madre patria: Alemania. Aquel grupo era conocido como: La Sociedad de Thule. Frederick recordó, que durante y después de la Gran Guerra, se había hablado mucho de ellos, y sinceramente no se hablaba nada bueno, ahora entendía porque.

Los miembro de la sociedad, reclutaban a los hombres de los alrededores y los llevaban a trabajar en las minas y ríos cercanos, allí los ponían a extraer todos los minerales que podían, aparte del oro. Trabajaban día y noche, con la promesa de una buena paga la cual compensaba todos los desmanes que cometían contra ellos. Por cierto la paga con frecuencia no llegaba a sus manos, sino que sería enviada a un reclutador, en los pueblos cercanos, quien las repartiría a las mujeres, claro está, no sin antes quedarse con su tajada, ¡Todo un circulo vicioso! Pero para Frederick lo peor no era lo que ocurría alrededor de la misión, en los depósitos y en los barrancones, sino aquello que pasaba en el edificio central de la misión.

Llevado por la curiosidad, y por la descripción de un acto que se asemejaba a un rito religioso, Frederick se internó en el edificio. Después de andarse con mucha cautela llegó a aquella sala. Está era realmente amplia, de forma circular, rodeada por columnas que habían sido incorporadas al diseño español. En el centro de la sala había, un círculo dibujado en el suelo y rodeado de símbolos, que recordó de algunos cuentos de su infancia, conocidos como: Runa. Alrededor de aquel dibujo había cuatro pebeteros, que aun estaban tibios, y frente al círculo un estrado de madera. Aquel salón apenas estaba iluminado, y al parecer había visto acción hacía poco. Frederick no pudo evitar abstraerse frente a los posibles actos que se debieron de llevar allí, y mientras soñaba despierto, no se percató de aquella figura hasta que fue muy tarde.

Un piquete fue lo primero que le alertó de que no estaba solo; y por el mismo perdió toda la ventaja que tenía contra aquellos despiadados hombres. Volteó a gran velocidad y se encontró con una mujer alta, de piel blanca, cabellos negros recogidos, y una gélida mirada. Vestía está totalmente de negro, y le recordó a una malvada institutriz que tuvo durante su infancia.

— ¿Qué diablos?—  alcanzó a preguntar, pero no alcanzó a escuchar la respuesta, pues en ese momento sus piernas las fallaron y sobre sus ojos cayo un velo de oscuridad que lo condujo a la inconsciencia.

III

 

Frederick, lentamente, fue recobrando la vista, y con ella sus otros sentidos y la capacidad de mover los sus músculos. Cuando aquel velo de oscuridad cedió, y su visión se aclaró el joven se encontró frente a tres figuras. Una de ella era la cruel mujer que, con un simple toque, le había inutilizado. El otro, lo reconoció no más verlo, pues formaba parte de un grupo de bandido que entró a la casa de un amigo suyo, hacía unos meses. Aquel hombre rubio, alto y de ojos azules era la razón por la cual estaba allí. El otro era un señor que tenía cierto parecido con el joven, pero en vez de ser rubio su cabello, era níveo y por su parte su rostro mostraba las inequívocas señales del paso del tiempo.

— Frau Bosheit[i]— dijo el anciano, en perfecto alemán— creo que esta vez se excedió con su toque—.La mujer aludida puso una cara de tedio en vez de responder al comentario de su superior—Tranquila querida, te dejaré algunos nativos para que liberes esos ímpetus— luego volvió su vista a Frederick— Mí nombre es Carl von Stein, y es un placer tener a un paisano, en estas tierras olvidadas, señor Frederick von Humboldt.

— ¿Cómo, lo supo?

— ¡Señor Frederick Von Humboldt!— exclamó El anciano, en perfecto alemán— ¿De verdad pensaba que podría entrar a mi hogar y que yo no me percataría?

— ¡Yo!— replicó el aludido mientras trataba de ponerse de pie.

—Quédese tranquilo joven— dijo el anciano— será mejor que no se resista, relájese y el don de Frau Bosheit terminará de hacer efecto— acto seguido se acercó un hombre vestido como una especie de monje y le susurró algo a Stein quien sonrió— Rápidamente, este a mi lado es mi hijo Heinrich, y lo que va a ver usted ahora es el inicio de una nueva era para la nación de nuestro ancestros y la sangre germana.

Carl von Stein hizo un gesto hacia las sombras, y dos monjes aparecieron y levantaron a Frederick, para que tuviese una vista amplia de la sala circular. Frente a él estaba de nuevo aquella sala, pero ahora bullía de actividad. De los pebeteros surgía una gran columna de humo, y en el centro del círculo se encontraba un indígena desnudo y atado, el cual parecía estar narcotizado, pues no se retorcía o resistía. En el estrado, se encontraba el hijo de Stein, y este, acompañado de otras figuras vestidas como monjes. Rápidamente, el coro detrás de Carl comenzó a recitar una especie de cantico, en una extraña e incomprensible lengua que le erizo los vellos de la nuca a Frederick. Acto seguido el anciano, levantó un cayado coronado con una esfera de obsidiana.

—Allí estas— masculló Frederick al reconocer el objeto por el cual, hacia unos meses Heinrich y otros le habían dado muerte a su buen amigo, un chamán  conocido como Jesús, allá en su hato en los llanos de Apure.

—Sí, aquí tengo el bastón de ese charlatán— dijo Carl von Stein, como si hubiese escuchado a Frederick— verá señor Humboldt, su amigo, ese indio mugroso y supersticioso no sabía lo que tenía entre manos. Este objeto es nada más y nada menos que una reliquia, que alguna vez perteneció a la Raza Maestra: Los Atlantes Vrilia. Pariente de nuestro pueblo, El Ario.

— ¡¿Cómo?!— exclamó Frederick

—Cómo lo ha escuchado, joven— replicó Carl— en sus manos, aquel papanatas tenía un objeto de gran poder, y ahora usted verá para que sirve— a un gestó de Stein el cantico reinició, y a medida que la cadencia del mismo aumentaba, la esfera del cayado comenzaba a brillar con más y más fuerza. Frederick volvió a sentir  aquel escalofrió, que luego se volvió un vacio en el estomago, cuando fijó su mirada en el indio.

El hombrecillo se retorcía como una lombriz en un anzuelo, a medida que el cantico iba llegando a su apogeo. Con horror Frederick observó como la masa corporal iba aumentando de tamaño, a medida que este aullaba de dolor. Pudo escuchar el chasquido de los huesos al romperse, y luego recomponerse. Al cabo de unos minutos, cuando el cántico menguó, donde hubiese un indígena semidesnudo, había un gigantesco antropoide, que observa su entorno, como quien mira al mundo por primera vez.

—Darwin tenía razón, el hombre común proviene del mono— gritó Stein— Esta ahora comprobado, señor Humboldt, usted está observando a la futura mano de obra del próximo Reich. Con miles de estos brutos crearemos maravillas, nuevas armas, Alemania tendrá de nuevo un ejército, y una industrial impulsada por la fuerza Vrilia. Volveremos a ser grandes y vengaremos el agravio de Versalles. La Monarquía volverá y cuando el Kaiser destinado aparezca, el Sacro-Imperio volverá a estar en pie. La raza aria se elevará de nuevo, alcanzaremos las estrellas.

—Usted está realmente loco— le gritó Frederick haciendo acopió de su voluntad

—Su reacción me decepciona, pero era de esperarse— dijo Carl von Stein— supongo que esa actitud es producto de que le agarró cariño a estos mensch, realmente es decepcionante ¿Qué debo hacer con usted?

—Qué corra la misma suerte que ese Nachäffer[ii]— recomendó Heinrich que hasta ahora había guardado silencio.

—Me parece bien, hijo mío— replicó el anciano mientras hacia un gesto para que los hombres que retenían a Frederick lo arrastraran hasta el circulo, donde hace unos minutos estuviese el antropoide.

Compelido por la posibilidad de correr la misma suerte que el indígena, o tal vez una peor. Frederick reaccionó clavando, de golpe, los talones al suelo. Aquella acción, lanzó hacia adelante a los hombres que lo llevaban de los brazos. Estos giraron en el aire, para estrellarse de espaldas al suelo. En aquel momento, el joven aventurero se percató de que sus rivales estaban armados.  No lo pensó, con la rapidez del rayo, tomo sus pistolas y disparó contra Carl von Stein.

Rauda y veloz, acompañada del atronador rugido hecho por la P08 Luger, la bala cruzó la sala, esperando dar de lleno en el pecho del anciano. Pero grande fue la tristeza de Frederick cuando esta rebotó como si hubiese chocado contra un muro de acero

—Ingenuo— replicó Stein con una sonrisa mientras apuntaba con el bastón a Frederick— prueba el poder de la raza maestra.

La esfera del bastón comenzó a brillar con fuerza, y el joven aventurero se preparó para saltar hacia una de las columnas y así evadir el impacto. Pero no tuvo la oportunidad, pues Carl von Stein no alcanzó a disparar el artilugio, en vez de ello lanzó un grito de dolor y se volteó para ver a su atacante, quien no era otro que su hijo.

—Heinrich, ¿Tú?—  alcanzó a mascullar este mientras las fuerzas le abandonaba.

—Frau Bosheit, al aeroplano— gritó mientras sostenía a su padre y lo depositaba en el suelo del estrado— así debe de ser padre— agregó con calma. Acto seguido aquel hombre se agachó para esquivar los disparos de un Frederick, que estaba tanto enfurecido como atónito.

—Era tu padre.

—No, solo era un obstáculo— replicó Heinrich mientras sacaba algo de sus ropajes

— ¡Granada!— grito uno de los coristas mientras salía corriendo de allí. En cuestión de segundo el caos, imperaba en la sala del rito. Los secuaces corrían de un lado a otro, y no tardaron en tumbar los pebeteros e iniciar un fuego. Todo aquello fue aprovechado por el vil Heinrich quien salió huyendo por un largo y oscuro pasillo.

Frederick no dudó ni un segundo en ir tras del doblemente asesino. Le importó poco si la granada estallaba o la misión se encendía como una hoguera, en su mente había solo una idea: vengar a su amigo y, de paso, destruir el artilugio místico.

IV

            Aquel pasillo, tal vez producto de la excitación, se le hizo realmente largo y eterno a Frederick, quien no le quitaba el ojo a su presa, y no podía evitar recordar, como aquel hombre había matado a sangre fría, al único hombre que le había devuelto la paz. Al final de la Gran Guerra, Frederick, como muchos hombres, había quedado traumatizado. Herido, física y emocionalmente emprendió una peregrinación al lejano oriente, buscando una cura para su mal. A diferencia de muchos antes que él, no la consiguió. Frederick, en cambio, hallaría el solaz, en el nuevo mundo, en una nación que su antepasado, Alejandro Humboldt hacia siglo había explorado. Una tierra que había colmado sus sueños de la infancia: Venezuela. Allí encontraría a un chamán, llamado Jesús, quien le sanaría y le daría un nuevo propósito, en una vida marcada por una guerra cruenta y el fracaso. Agradecido, el joven aventurero se quedo con su amigo durante años, proveyéndole las atenciones que un hombre, capaz de obrar tal milagro, se merecían. Prodigándole la admiración y el cariño que solo padre e hijo pueden tener, hasta el fatídico día que Heinrich y otros bandoleros, asaltaron la casa de Jesús. Aquella era la razón que le movía, y por tal causa no iba a dejar que Heinrich escapara.

El pasillo desemboco en un gran patio donde el joven pudo ver un biplano que se le antojo conocido, era un Albatros C.III el cual estaba encendido y preparado para despegar. Disparó dos veces más, pero Heinrich no se detuvo, sino que corrió con más fuerza hacia el avión.

—Tienes agua fría en las venas, maldito—  masculló Frederick mientras guardaba la pistola y corría hacia Heinrich.

El parricida logró subirse al aeroplano, que comenzó su recorrido por la pista. Acicateado por la venganza, Frederick echó a correr tras la maquina, sentía que los músculos le ardían, que le iban a explotar, pero en aquel momento no le importaba nada. En su mente había solo una idea, tomar por el cuello a Heinrich y bajarlo de aquel aeroplano biplaza para ajusticiarlo en el suelo. Se dice que los hombres de un solo libro y de una sola idea, son los realmente peligrosos, y en aquel momento, el refranero no podía estar más en lo cierto. Frederick, impulsado por aquella idea, logró aferrarse a la cola del avión, que comenzaba despegar.

—Maldito— gritó Heinrich mientras se volteaba— ¿Acaso no te cansas? ¿Qué demonios quieres?

—No dejaré que te salgas con la tuya. Devuélveme— replicó Frederick mientras reptaba por la cola de la maquina, en dirección hacia las alas, una vez allí podría dar cuenta de Frau Bosheit o de Heinrich

—No lo lograremos— gritó Frau Bosheit desde el puesto del piloto— líbranos del peso.

Frederick lo supo no más verlo,  Heinrich usaría el bastón contra él. Así que con gran celeridad, llevó su mano al cinturón para extraer su pistola. La jugada, no pasó desapercibida para su enemigo, quien sonrió retándolo.

—Yo seré más rápido Herr Humboldt, lo mío es cuestión de una palabra— gritó tratando de sobreponerse al sonido del motor del biplano.

—Farolea, señor mío— replicó Frederick mientras hacía acopio de toda su voluntad para aferrarse a la cola del biplano, y con la otra mano extraer la pistola.

—Creo que estamos en una encrucijada— dijo Heinrich— pero usted lleva  las de perder.

—Líbrate de él de una buena vez— gritó Frau Bosheit desde su puesto— dadle lo que desea.

— ¡No! Este es mi boleto al poder verdadero— replicó Heinrich

—Hoy diste un gran paso al eliminar a tu padre— agregó la mujer

—Daré uno más grande, al llevar el bastón y al acabar con este insecto

Actos seguido el brujo alemán  se levantó un poco del asiento y masculló la frase arcana que desembocaría la descarga de la mística energía. Para Frederick el tiempo se hizo eterno, pudo observar como el Heinrich mascullaba la frase, como el bastón se encendía como un faro, y como desde la punta de obsidiana de este surgía el destello de energía. Todo aquello pasaba en segundos, pero él lo sintió como si hubiesen transcurridos años, durante unos segundos pensó que todo aquello era efecto de la magia, pero en realidad estaba consciente de que era el miedo, y sin dudarlo un segundo, se sobrepuso a él. Rápidamente tomó su pistola y la accionó.

El tiempo volvió a su ritmo normal, o eso le pareció al joven Humboldt, quien al tratar de eludir la descarga de energía, y disparar a la vez, no pudo evitar soltarse. Realmente furioso cayó al suelo, no sin antes realizar varios disparos más, sin apuntar. La fortuna le sonrió al joven aventurero, pues uno de los tantos disparos hirió en el hombro a su enemigo, quien abrumado por el dolor soltó el bastón entre aullidos. Una vez que terminó de dar vueltas en el suelo, Frederick pudo observar como el biplano remontaba a las alturas y se alejaba a gran velocidad. Llevado por la idea de la venganza y, sin duda, por el temor a que su oponente diese la vuelta, Frederick se levantó como propulsado por un gran resorte. Inicialmente pensó en buscar cobertura, pero luego el bastón volvió a su mente, y se lanzó a por él.  Frederick dio con el objeto y no dudo ni un segundo en destrozar aquella chuchería, que había resultado ser tan peligrosa.

 

V

            El campamento se había transformado en una gran hoguera. Sin Carl o Heinrich los miembros de la Sociedad de Thule y sus secuaces huyeron en desbandaba, Frederick no fue tras ellos, consciente de que la jungla, siempre implacable, les haría justicia. Los trabajadores e indios esclavizados también huyeron, al verse libre, pero tristemente los que fueron alterados por los conjuros de Von Stein no volvieron a la normalidad, el joven Humboldt no pudo sentir más que tristeza por aquellas criaturas, y vergüenza por los actos que otro alemán, como él, había cometido contra tan noble y ameno pueblo. La naturaleza resolvería ese problema, fue la forma como el aventurero se consoló.

El camino de vuelta al pueblo se le hizo corto a Frederick, pues había estado perdido en sus elucubraciones. Si bien era cierto que había puesto fin a los abusos contra aquel pueblito y los indios, también era cierto que había sido incapaz de vengar a su amigo. Los miembros de la Sociedad de Thule, quienes seguro le jurarían enemistad eterna, estaban por allí lamiéndose las heridas, pero seguro pensando en una forma de desquitarse. No podría bajar la guardia de nuevo, en ningún momento.  La paz que consiguió se había ido al garete, pensó más de una vez, hasta que los vio.

Hombres y mujeres, padres e hijos, padres e hijas, madres, hermanos, todos juntos reunidos y llorando en la entrada de aquel pueblo olvidado por Dios. Aquella imagen, evocó en su persona los mismos sentimientos que tuvo cuando volvió del frente al fin de la Gran Guerra, pero lejos de sentir la desolación por la derrota, sentía ahora en el fondo las mieles de las victorias. Volvía triunfante de una batalla, que había ganado y donde se hizo lo correcto.

Perdí la paz que tanto anhelaba, pero gane un propósito— masculló por lo bajo mientras sentía que una nueva fuerza le embargaba. Ya no le importaba la venganza de la Sociedad — ¡Que vengan a por mí!— susurró — yo siempre estaré listo y gustoso de recibirles— pues ahora había ganado un propósito. Acicateo su montura, y rápidamente se alejó allí. Volvería a su hato, se prepararía, estaría atento a cualquier movimiento de la Sociedad, y donde esta vil serpiente levantase su cabeza, el se la pisaría.

Con una sonrisa en los labios, remontó hacia el horizonte, consciente de que el buen Jesús, al final le había dado más de lo que el merecía. Le otorgó lo que todo hombre necesitaba para seguir adelante: Un Propósito.

 

 

 

[i] Frau Bosheit se puede traducir como: Señorita Maldad, Malicia o en el caso más adecuado para el personaje, seria Veneno.

[ii] Mono

Titulo: La Misión del Diablo

Nombre: Guillermo Moreno

seudonimo: William Darkgates

Código de registro en Safecreative 1303214812056

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Esta entrada fue publicada el 1 marzo, 2015 por en Fantasía Urbana, Literatura, New Pulp.
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