En la Antesala Al Portal Oscuro

La Legión Nº 3: Principios 1era parte

Portada Cuantico

I

Santa Brígida
Isla de Santa Brígida –Mar Caribe.
19.00 horas

Una serie de potentes monitores iluminaban aquella sala oscura. En ellos se podían ver un sinfín de imágenes, algunas mostraban a celebridades del momento, gente importante, mientras que otra, las más cercanas al centro, exponían a los individuos más destacados de aquella región. Dioses y semidioses modernos conocidos como superhéroes.

Frente aquel despliegue de tecnología, luces y sonidos se encontraba un individuo inusual. Sentado en una especie de trono sofisticado, vestido con una portentosa y argéntea armadura, observaba con detalle lo que allí se desplegaba. Su rostro estaba descubierto, mostrando aquellos rasgos egregios, aquellos cabellos oscuros salpicados con níveas canas y un par de gélidos ojos azules debajo de unas espesas cejas. Aquel hombre que degustaba aquel fenómeno, lo observaba con una clase de desdén. Con aquel que caracteriza a las clases alta y la rancia noble que en la añeja Europa sucumbió ante la guillotina. Acompañaba a esa actitud una inteligencia que salía de la normal, y con ella una malicia sin parangón.

Aquel individuo se meso la perilla, mientras sonreía, antes algunas noticas, especialmente aquellas que hablaban sobre la nueva organización criminal que azolaba al Caribe y a la costa Este mexicana. William Lord, porque ese era su nombre, desvió su vista hacia otros monitores, donde canales de televisión anglosajones hablaban de sobre el narcotráfico y aquel nido de terrorista en el cual se había convertido la joya del mar Caribe: Santa Brígida. No tardó en carcajearse un poco, cuando apareció una foto de él en el monitor. Vestía en ella un traje que emulaba a los que solían usar, en el siglo XIX, aquellos hombres que osaron emancipar a Hispanoamérica. Y decía debajo de este William Lord I, presidente vitalicio de Santa Brígida. Observó, con gran placer, como entrevistaban al Secretario de Estado de los Estados Unidos de Norteamérica ponderando sobre la Libia de América.

—Imbécil— barruntó William mientras se acomodaba en su silla y centraba su atención en otra noticia.

Una puerta corrediza, con su característico suspiro producto del sistema hidráulico, se abrió dejando que la estéril luz fluorescente del pasillo hiciese retroceder a la oscuridad que allí imperaba. A través de aquella puerta entro una hermosa y joven mujer, curvilínea, de piel canela, lacios y oscuros cabellos recogidos en un moño alto, que junto a unos diminutos anteojos de pasta negra le daba un aspecto de institutriz británica. Vestía está como una secretaria ejecutiva, con aquellas chaquetas y minifaldas hasta las rodillas. De negro y gris cromado, como haciendo juego con su señor.

—Alessia— comenzó William con aquel tono de advertencia— si traes malas noticias, por tu bien, es mejor que te vayas por dónde has venido.

—Los simulacros y las pruebas— respondió fría y altanera. Ignoraba la mujer aquella amenaza que sabía nunca se cumpliría y, que de paso sea dicho, no era la primera vez que oía— confirman nuestras sospechas. El ordenador cuántico, gracias a al convertidor, puede trabajar a la perfección con el portal y estos dos a su vez con el selector de frecuencias cuánticas— hizo una pausa de nuevo— pero la cantidad de energía que requiere hacer funcionar estas tres maravillas excede nuestro potencial. Sí se llevase a cabo cualquier intento, la red energética de la isla se fundiría, haciéndonos retroceder casi cien años y, sin duda alguna, dejándonos vulnerables frente a nuestros enemigos.

William Lord lanzó un sonoro suspiro al ver sus temores hechos realidad.

— ¿Qué proponen esos cretinos?

—Que busquemos una fuente de energía más poderosa y rentable— respondió Alessia, obviando la primera respuesta que le habían dado los científicos.

—A esa conclusión podía llegar por mi cuenta. Dime que esos parásitos propusieron algo más.

—En efecto, Profesor. Han dicho que aparte de ello deberíamos refinar el convertidor y el Selector de frecuencias. Hacerlos más sutiles pues su diseño es tosco

William sonrió ante aquel atrevimiento— ¡Que atrevidos! Decir que la máxima autoridad en tecnología cuántica ha hecho un diseño tosco.

—Hasta al mejor cazador se le escapa una liebre— Ponderó, refranera, Alessia.

— ¿Quién, en este sucio continente, esta después de mi?

—El Doctor César Manrique, de la Universidad Estatal de Florida.

— ¿Cuál crees que es su precio?

—Profesor, temo que no podamos pagarlo.

—Todo hombre tiene su precio— replicó él

—Este no

—Dame una razón

Alessia se acercó al Trono e introdujo una memoria portátil en una de las incontables ranuras. Inmediatamente en uno de los monitores surgió la foto del Doctor Manrique. Vestida con una chaqueta de cuero café y un fedora. Al lado hicieron acto de presencia sus estadísticas y entre ellas sus alias.

—Porque en sus ratos libres es un aventurero conocido por algunos como Cuántico o Doctor Cuántico.

— ¡Que ingenioso!— replicó Sarcástico— No queda otra solución que un enfoque sutil.

—He preparado un cuerpo de agentes destinado a empaparse con su trabajo. Otro a espiarle y ya he creado un potente fidecomiso para subvencionar su investigación; lo haremos por una de nuestras subsidiaria de cuarta generación.

—Excelente, como siempre— replicó William Lord con una sonrisa— ¿Qué compromiso tengo esta noche?
—Cenará con los Cancilleres de México, República Dominicana, Costa Rica, Colombia y Venezuela— respondió ella.

— ¡Ya recuerdo! Esos gandules deseas crear un tratado de cooperación inter-caribeño para combatir la Droga y el crimen organizado. ¡Sucios juristas! ¡Perros positivistas!— agregó con cierto desdén— Bien, iré a prepararme.

Se puso de pie con calma mientras se dirigía a la salida sin mirar a la joven, le ordenó

—Llama a Lautaro y Ayrton, deseo hablar con ellos. Diles que le tengo trabajo.

II

Universidad Estatal de Florida- Estado de Florida
Estados Unidos
Dos meses después.
19.00 Hrs

Un hombre menos preclaro habría abierto la puerta de una buena vez, sin detenerse a pensar en ello, ni buscar señal alguna que le indicará la existencia de un intruso. Pero César Manrique no era un hombre cualquiera y, mucho menos, un hombre obnubilado y distraído. Su mente, si bien a veces se dispersaba, era una espada afilada que le permitía superar con éxito los retos que se le presentaban en su día a día; ya fuese en su faceta de científico, como en su faceta de aventurero. Así que valiéndose de su ingenio se dio unos cuantos segundos para sopesar lo que estaba por hacer.

Su mente evocó inmediatamente aquella escena bochornosa que sufrió hacía dos meses cuando entro al mismo sitio, como una tromba, y se encontró al Decano de la Facultad y a una misteriosa y muy bien parecida ejecutiva de una corporación de telecomunicaciones. Recordó que aquella mujer de Wallace-com, como se llamaba la corporación, estaba interesada en su trabajo sobre los microprocesadores cuánticos.
Aquel día el Decano estaba que saltaba en un solo pie. Eufórico ya contaba cada centavo, y ya tenía una hoja de ruta de cómo iba a gastar todos esos dólares. Menuda fue su sorpresa cuando él se negó a aceptar la subvención. Las razones que dio estaban fuertemente cargadas de un cariz idealista, pero eso era solo uno de los tantos aspectos. En realidad no deseaba trabajar con Wallace-com por que era una subsidiaria, de una subsidiaria que, a su vez, era subsidiaria de la gran corporación Lord; y aquel científico idealista no le agradaba la idea de cooperar con aquel tirano caribeño. Así pues, haciendo de tripas corazón, se rehusó .Pero una parte de él sabía que ese tipo de gente no era ni de fiar y, mucho menos, aceptaba un no como respuesta. Él sabía que intentarían algo tarde o temprano.

Tomando en cuenta aquellas variables, el aventurero no dudó en activar algunas de las defensas tecnológica que su, tan despreciada por otros y sobre todo por las féminas, ajada cazadora de cuero café poseía. Sintió el usual cosquilleo y supo que estaba protegido de algunos ataques. Entonces, como si nada pasará, abrió la puerta. Una vez allí sus sospechas se volvieron realidad.

Allí revolviendo sus papeles, fotografiando sus pizarras, hackeando sus ordenadores y haciendo guardia frente a la puerta se encontraban cuatro individuos. Estos vestían una especie de armaduras ligeras y negras, que evocaban en cierta medida a los ninjas, y tenían cubiertos sus cráneos con una especie de con una calavera blanca pintada en el rostro. Los individuos se asombraron al ver al aventurero, el más cercano arremetió contra él.

Sí César no hubiese activado sus defensas habría sido víctima de una potente patada en la cabeza, que lo habría dejado fuera de circulación por un buen rato. Pero para su fortuna, el aventurero era medio paranoico y la pierna del espía se encontró con una especie campo de fuerza. Acto seguido Cuántico presiono el anillo de su mano izquierda, este en respuesta brillo con una luz azul celeste. Luego el héroe solo se limitó a hacer un gesto, como si estuviese repeliendo algo y su adversario salió despedido por los aires. Con tan mala suerte que cayó sobre el que estaba revolviendo los papeles.

Los otros dos se pusieron en acción rápidamente. El que estaba en el ordenador se puso de pie, mientras que aquel que estaba fotografiando las cuestiones arrojaba una especie de bomba de humo. César no pudo dejar de sonreír al ver como aquello era tan curioso, y que su primer encuentro con ninjas, desde que se había vuelto un aventurero, resultaba ser tan cliché. Se alejo un poco de la puerta y se acercó a uno de los escritorios. Rápidamente sacó una especie de ampolla de su chaqueta, y la arrojó al suelo hacia donde él creía se encontraba la puerta. Grande fue su sorpresa cuando se percató que sus adversarios usaban la puerta para salir, les dio unos minutos y luego emprendió la marcha tras ello siguiendo tres pares de huellas fosforescentes.

Tal como dictaba la lógica, los cuatro individuos se dirigieron a la azotea. César subió las escaleras a gran velocidad, haciendo acopio de su voluntad, en un tris se encontró con los cuatro tipos abordando un helicóptero totalmente negro, cuya hélice apenas hacia ruido.

—Tecnología sigilosa, antirradar, blindado seguro, modelo similar a Helicóptero Apache, un poco voluptuoso. No armado— masculló en voz alta Cuántico. Quien estuviese en los alrededores y pudiese verle y oírle, habría pensado que el aventurero enloquecía; pero no era así; pues un botón cerca de su cuello grababa todo— Intentaré con un pulso de baja intensidad; eso hará que zozobre un poco y tenga que aterrizar.

Sacó, de nuevo, de su prodigiosa chaqueta lo que parecía ser un bolígrafo y apuntó al helicóptero. Este comenzó a emitir una luz carmín, cuando de repente estalló en pedazo. Cuántico aulló con fuerza, presa del dolor y la rabia. Miro alrededor y se percató de aquel extraño hombre vestido como un motorista con una mascar que emulaba de nuevo un cráneo humano. ¿Qué tiene que ver el cráneo aquí? Alcanzó a preguntarse.

—Nada de eso, Doctor— replicó el recién llegado mientras que con un gesto despedía al helicóptero— hoy no hay salida ingeniosa.

— ¿Cómo se atreve?

—Como no atreverme— replicó este mientras desenfundaba un beretta nano, con esta le hacía unos disparos de advertencia mientras saltaba hacia el helicóptero que se alejaba. Aquella demostración de talento gimnástico dejo impresionado a César cuando observó como alcanzaba su objetivo y, cual simio, se colgaba de artefacto volador— Tenga usted buenas noches, Doctor. Gracias por los favores recibidos— gritó con fuerza mientras el Helicóptero se elevaba por los cielos y el aventurero conocido como Cuántico se quedaba allí pasmado observando.

III

Santa Brígida
Isla de Santa Brígida –Mar Caribe.
Varios días después
19.00 horas

— ¿Qué noticias me traes, heraldo mío?— inquirió muy teatralmente William Lord, quien de nuevo se hallaba en sus labores de monitoreo.

Alessia, su secretaria y asistente, entró en aquella habitación y con su usual parsimonia respondió.

—Los agentes han llegado…

— ¿Fracasaron catastróficamente?— le interrumpió

—No, profesor— respondió ella con su sempiterna frialdad.

— ¿El Doctor Manrique sigue vivo?

—En efecto.

— ¿Y está al tanto de nosotros?

—Ciertamente.

— ¿Qué tanto de su investigación lograron recabar?

—Más de un ochenta por ciento, profesor

—No es lo ideal— suspiró— pero seguro será de utilidad. Dime, ¿Sabemos dónde está el doctor?

—Los primeros días desapareció, pero luego nuestros informante lograron verlo. Parece que dejo el país.

— ¿Destino?

—Veracruz, México.

—Dile a Brutal Skull que le dé una cálida bienvenida, luego que lo monte en un avión y lo regrese al imperio, sano y salvo.

—Entendido ¿Algo más?

—No— respondió William Lord mientras volvía sus labores de monitoreo— Días interesantes están por venir— agregó mientras la puerta se cerraba tras él.

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Esta entrada fue publicada el 19 septiembre, 2015 por en Legión, Literatura, New Pulp.
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