En la Antesala Al Portal Oscuro

El Intendente Real I

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—Algo debe estar mal en la capital. Definitivamente alguien en la Academia está mal —dijo el mayordomo mientras lo rodeaba una y otra vez—. Un funcionario orco, que no es verdugo o justiciero. ¡Un Orco Intendente Real! —la expresión del hombre no cambiaba, sino que parecía empeorar—. Cuando a la niña Marina la comprometieron con Lord Carwell, Señor de las Puertas de Hierro, supe que iría a vivir en la frontera occidental, que vería cosas inusuales. Orcos cimarrones, orcos viviendo pacíficamente, porqueros trasgos, kobold artesanos, tal vez una que otra bestia salvaje, tal vez un monstruo místico, y, que con el tiempo ya nada me sorprendería.

Galbraith carraspeó un poco para sacar al mayordomo de sus elucubraciones, mientras le tendía la carta.

—Es la carta de recomendaciones, mi señor…. — el joven intendente trató de mantener la compostura, mientras que por su mente pasaban un sinfín de ideas.

—Wencesla, y decidme maestro, no soy señor

 Las expresiones del mayordomo no le afectaban, durante su instrucción básica y luego en la sede de Academia que quedaba en su villa, había aprendido a tolerar ese tipo de ataque. Nada de lo que dijeran a esa altura de la vida podría afectarle. Es más, quien lo había herido de forma significativa, en su juventud, había sido su maestro cuando, ya atormentado y adolorido por la vejez le confesó: “Chico, te tomé como aprendiz, no porque viera esa chispa de inteligencia que el paleto de tu padre veía en ti. Lo hice porque necesitaba a alguien pequeño y fuerte que levantara cosas pesadas por mi e hiciera mandados. Siempre esperé que, por la puerta de la escribanía, algún día llegara un aprendiz enviado por la academia o una de las pocas familias de la villa. Cuando eso no ocurrió decidí que debía iniciar tu formación, gracias al Siempre Brillante, resultó que el paleto de tu padre tenía razón, tienes talento… mucho… aun para ser un orco”.

 Desde aquel entonces, Galbraith sufrió esas palabras, pero las portó cual medalla. Le dieron fuerza durante su instrucción en la academia del distrito, y cuando el verdadero intendente, que venía recomendado desde la capital, cayó muerto de forma misteriosa en la taberna del pueblo, el no dudó, ni un segundo en aprovechar esa oportunidad. Alteró la carta de recomendación, se apoderó de todo lo que traía ese pobre hombre y se hizo  pasar por él. Ser el Intendente del Marques Fronterizo, en un tierra alejada, era mejor que ser el intendente en un villorrio, a pesar de que allí se encontrara la sede distrital de la Academia.

—Bien, todo está en orden —el Mayordomo inició la marcha— sus aposentos serán los del viejo Intendente Aldric…

— ¿De qué murió el maestro Aldric?

—Creo que cogió un resfriado. Los orcos no sois resistente…

—Llevo mucho tiempo viviendo entre humanos, mi señor. No le temo a la gripe, ya he desarrollado, resistencia.

—Me parece bien —Wencesla de detuvo, levantó la vista e inició el ascenso por una escalera— como te dije, estos aposentos serán los vuestros, por cuestiones de pragmatismo, y que el viejo intendente no tenía familia, sus posesiones son vuestras. Todos sus libros, pergaminos y demás.

Se detuvo frente a una vetusta puerta y sacó de entre su túnica un gran manojo de oscuras llaves.

—Me parece muy bien. Ese es el procedimiento usua l—el mayordomo gruñó por lo bajo y abrió la habitación. A Galbraith le sorprendió encontrarla  aireada y limpia.

—Tenéis una cama cómoda, una mesa para hacer vuestras comidas, si no deseas comer con el resto, el viejo Aldric solía excluirse con frecuencia, durante sus últimos días. Un buró para que trabajes— señaló tres libreros juntos— allí están las diferentes obras que el trajo y heredó en su momento. La chimenea ¿Qué más?

— ¡Ars Botánica! Siempre había leído referencia a esta obra en varios breviarios, pero nunca pensé que la tendría en mis manos.

—Sí —el tono monocorde de Wencesla reverberó por toda la habitación —el viejo estaba orgulloso de su obra. De todas formas, el castillo tiene su propia biblioteca. En el buró encontrareis las llaves, ese sitio será vuestra responsabilidad.

—Entiendo —terminada esa frase, en el sitio hicieron acto de presencia cuatro figuras, una doncella delgada de rubios y deslucidos cabellos, una anciana, que a pesar de la edad parecía tener más vitalidad que la joven, un niño que no llegaba a los diez, de oscuro cabello como la noche y un joven bien parecido vestido con una túnica café similar a la del mayordomo.

—Ada será tu doncella, se encargará de la limpieza de todo esto, Agatha tu cocinera, no la hagas molestar —señaló al niño— Burkhard, será tu mandadero, es el hijo del perrero, el menor, muy mal portado y travieso. Y este aquí es Conrad, el iba a asumir tu puesto mientras tanto.

—Es un placer —replicó Galbraith con respeto, mientras asentía hacia las dos mujeres, que se sonrojaron, al ser tratadas con cortesía, y estrechaba la mano del buen Conrad. Mientras que observaba aquel brillo de asombro en los ojos del chiquillo. Le sonrió levemente mostrando algunos colmillos, aquel era otro prejuicio al que tuvo que hacerle frente mientras crecía: el miedo y la reverencia que los niños humanos sentían por los orcos.

 A pesar de que Galbraith era tan alto como Conrad, quien debía de tener como cinco pies y seis pulgadas, o en el sistema impuesto por la corona cerca de un metro con sesenta y nueve centímetros; e igual de delgado. Para el chicuelo el orco era un ser más grande e imponente, una criatura de ensueño. “Está pensando en los Har´cos, los honorables guerreros, estoicos e imperturbables, que viven y mueren para la lucha” se dijo Galbraith, quien decidió, al final, dejarlo soñar.

—Puede contar con nuestra ayuda —se adelantó este último, con su educada y meliflua voz, que sonaba mejor que la grave y rasposa voz del orco.

Agatha, con una velocidad que no coincidía con su aspecto, se acercó al orco obligándolo a separarse un poco de Conrad —Mi señor, veo que viene de lejos, aun falta mucho para la comida, pero os traeré algo para mandurriar, para que haga estomago.

—No es…

— ¡Paparruchas! —Le atajó la mujer— en el rostro se os nota que tiene jambre. Los orcos siempre estáis jambrientos. Que os diré yo que conozco todos los cuentos de la barraca del pueblo— acto seguido partió, no sin antes hacerle un gesto a Ada y Burkhard— también os prepararemos un baño.

—No es…

— ¡Paparruchas!

—Son todo un caso, mi señor—. Galbraith le sonrió a Conrad— pero son buena gente.

—Yo me voy —partió el mayordomo sin mediar palabra.

— ¿Cómo están organizados los intendente en la marca?

—Usted a la cabeza. En el pueblo hay cuatro de ellos que se dedican a las inspecciones y a ser jueces de paz en los cuatros distritos en que está dividido el pueblo. Hay un intendente para la guardia de la ciudad, es de lo único de lo que se encarga, al único que tratan y toleran—sonrió nervioso—. Y en el campo hay ocho, dos por cada distrito, que son cuatro de nuevo, sí, por los puntos cardinales. Ellos  inspeccionan los trabajos de las granjas, hacen de jueces de paz y escribanos, juristas y demás. Puede llamarlos en cualquier momento. Allí está el libro de registros y reportes, sus nombres y el mapa de la región.

—Ya veo. ¿Acaso no hay justicieros y Castigadores?

—No, a lord Carwell le gusta la jurisprudencia en casos graves… penales, así la llama él. Le gusta aplicar la sentencia y el castigo. Hombre duro como pocos. Bueno, lo dejo mi señor, aclimátese y esta noche, en la cena hablaremos, y conocerá al Señor.

Una vez que hubo partido Conrand, el intendente cerró la puerta y se dirigió al buró de su antecesor, e inició una exhaustiva revisión, si alguien lo hubiese visto, habría pensado que el orco estaba loco. Revisó palmo a palmo, tocando con los nudillos, hasta que la madera le indicó que en cierta parte había un espacio hueco. Cuando dio con este, se detuvo y comenzó analizar con cuidado como abrirlo. Al cabo de un rato encontró los bordes, y la aparente trampa. Unos minutos después el compartimiento secreto estaba abierto.

—No están —suspiró— ¿Dónde estarán sus diarios y registros personales? Un intendente tan viejo y meticuloso, corrijo, todos los Intendentes llevamos nuestro verdadero cuaderno de registro, bien codificado y secreto.

En ese momento se hizo la luz en la mente de Galbraith, miles de ideas transitaron por ella, cada una peor que la anterior. Al final  un escalofrió recorrió su espina.

—Menudo problema en el que me he metido; estoy en la boca del lobo.

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Esta entrada fue publicada el 5 diciembre, 2015 por en Fantasía Urbana, Literatura.
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