En la Antesala Al Portal Oscuro

La Soldada

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A continuación les presento el Relato con el cual participé en el Concurso de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción Venezolano: Solsticios 2014, en el cual conseguí mención Honorifica. El personaje del relato esta inspirado por varias personas, de carne y hueso, y por el personaje de Lagerta de la serie Vikings. También forma parte de mi objetivo de alcanzar el reconocimiento en la escritura con un personaje femenino. El universo del relato es propio y esta obviamente influenciado por Andrzej Sapkwoski.

Imagen extraída de aquí : Enlace

************************

Una figura se desplazaba con paso seguro por aquellos lóbregos pasillos; indicaba cautela pero no por ello falta de valor, y es que así era Helga. Conocida como la Loba, la norteña, la señora de los hielos y la hermosa muerte, pocos serian, especialmente entre quienes la conocían, los que la acusarían de cobarde; aun así, la guerrera no podía evitar pensar de esa manera sobre ella misma a medida que avanzaba por aquellos túneles. Algo no le gustaba, la habían enviado allí para ver como seguían la exploración y las excavaciones en aquella ruina, y lo que encontró no le gustó para nada.

Helga era una mujer alta y atlética, de nívea piel y áureos cabellos. Rasgos atractivos pero endurecidos por el camino, el combate y las penurias de la guerra en la cual estaba participando. Contienda que, como todo ejercicio bélico, no estaba aportando mucho, al menos a la sociedad; pues a su bolsillo no le estaba dando nada y en cambio le estaba exigiendo de más. Se detuvo un momento, solo era capaz de escuchar el repiqueteo de una gota, el único olor que impregnaba el lugar era una fuerte peste a moho. Corrió el escudo, que le había granjeado el mote de la loba, de su espalda a su brazo izquierdo y sin pensarlo dos veces desenvainó su espada. Los vellos de la nuca se le erizaron; la mujer reemprendió el paso por el túnel ligeramente iluminado.

—Esta me la pagaras cara de verdad, Capitán Vespasiano— dijo entre dientes mientras avanzaba.

***

—Tengo un trabajo para ti— dijo Vespasiano con calma mientras entraba a su tienda. Era un hombre entrado en años, con la piel olivácea, el cabello negro, como ala de cuervo, y ensortijado como la maldad. Su bigote ya estaba teñido de blanco y le daba un aspecto candoroso que solía engatusar a las mozas de taberna.

—Desconozco el muladar donde te criaron— le atajó Helga mientras se quitaba una bota llena de barro— pero de donde yo vengo se pide permiso para entrar en la tienda de una señorita y, además, se saluda.

— ¡Ja! ¿Señorita, tú?— Helga le lanzó una severa mirada que no admitía replica— bueno, bueno, pero debes saber que antes eres mi subalterna.

—El hecho de…

—Ya, ya— replicó—haya paz, mi niña. ¿Salgo?

—Ya está aquí, Mi capitán. ¿Para qué soy buena?

—Pa resolverme un problema que se me presento.

—No mato mujeres y niños— replicó soez Helga mientras reemprendía la titánica tarea de sacarse las botas.

—No, no es nada de eso— le dijo— pa resolver los líos de falda tengo a la comadreja del Jordit.

— ¿Entonces?

—Hace tres días, cuando estabas todavía en tu misión de exploración. Llegó el Conde Ivailo Danail Costica, conocido como el León de Hierro, grande de Remania— Vespasiano hizo una pausa para ver la expresión de la joven. La expresión de Helga no cambió así que supo que el nombre no le decía nada— llegó con un destacamento de sus hombres y otros abanderados, bien apertrechados y listos para la jarana.

—Me parece muy bien, ya era hora que la nobleza de este se país se interesara en resolver el desastre que causó.

— ¡Qué curioso! Yo no pensé eso.

— ¿Qué pensó vuestra merced?— inquirió la guerrera.

—Que nuestra soldada se vería reducida.

—Para nada.

—Sí, querida— replicó el capitán— el Rey no va dudar en recortarnos el sueldo para favorecer a sus nobles. Al fin y al cabo todo el lio en este país es culpa de las diferencias entre ellos ¿Tengo que echarte ese cuento de nuevo?— Helga negó, conocía muy bien la historia de Costache Costică Bălan IX, quien no había dudado en irse a las manos con la veleidosa nobleza remana. Viéndose rodeados de enemigos y, temiendo un ataque de los fieros guerreros de Normaark o de los oportunistas y, presuntamente, muy sofisticados y civilizados Arcadianos; decidió romper la promesa que su ancestro le hiciera, ya hace mil años, al último emperador de Arcadia: Marinos Photios. Esta consistía en  no expandirse al Este, pues allí medraba el caos que había puesto fin a su gigantesco imperio.

Desesperado Costache Costică Bălan IX lanzó un edicto que daba carta blanca a todo campesino, noble, mercenario, bandido o aventurero que se lanzara a explorar el este. A los pueblerinos prometió tierras propias, pocos impuestos; a los nobles nuevos títulos nobiliarios y muchas prebendas, en especial si se trataban de segundones. Al resto de pendencieros y aventureros varios, les concedió un perdón por sus crímenes y el derecho a saquear cualquier ruina que encontrase o explotar cualquier recurso beneficioso, claro está sacando la correspondiente tajada para el gobierno. Aquello fue tan atractivo que todo el mundo se lanzó al este. Grande fue su sorpresa, cuando aquella región, que algunos escépticos daban por desierta, reaccionó con fuerza. El Este escupió, lo hizo con ímpetu y sin pena, un gran contingente de salvajes tatuados y cubiertos de ceniza, antropófagos y fieros que se hacían llamar las tribus de Magog.

—Vale, te creo— respondió ella— ¿Qué hiciste? ¿Le ofendiste?

—No.

— ¿Cuál es el problema, mi capitán?— inquirió perdiendo la paciencia.

—Bien— comenzó— como no quería que cundiera el pánico entre nuestros hombres, y no quería confrontar al conde decidí aplicar algunas cláusula de la condota.

— ¿Cuál de tantas?

—La del expolio.

— ¡Dioses!

—Sí, mandé al Jordit junto al brujo Ermolai, tres zagales y par de mulas, dos arcones y todos los implementos para excavar, a unas ruinas que están a un día de aquí— replicó— el Ermolai dijo que allí había un templo con tesoros que los magogs evitaban.

— ¿Cómo supo eso?

—Gracias a sus trucos brujeriles, mujer—le respondió Vespasiano— algo llamado psico… psicomitria o psicometría.

—Seguro echó unos huesos y lo demás lo adivino. ¡sinvergüenza!— le atajó algo molesta Helga, mientras recuperaba el aliento luego de haberse sacado la otra bota— no pensaras en mandarme con ellos pa que me ponga a excavar buscando tesoros.

—No— respondió Vespasiano, ruborizado— No sé nada de ellos, desde hace un buen rato. Ermolai se reportó no más llegó, con un pájaro enviado por él, pero desde entonces no ha dicho nada.

—Comprendo.

— ¿Entonces?

—Iré a ver como les va.

— ¡Esa es mi muchacha!

—Pero te va a costar.

—Te daré tu correspondiente tajada—dijo entre dientes mientras mascullaba un: ¡codiciosa!

—Mientras puedes comprar mi discreción con algo de agua tibia, privacidad, tu mejor vino y carne, no del fiambre que das cuando cenas con las visitas y los subalternos de segunda y tercera. Si no de la buena que guardas para ti.

— ¡No abuses!

— ¿Acaso no soy tu mujer de confianza y segundo al mando?

—Bue….

—Exacto, así que, señor mío poned manos a las obras, que una vez que esté limpia, comía y relajada, saldré a ver qué pasó con el charlatán y la comadreja.

***

Después de caminar durante un buen rato por aquellos enrevesados túneles, Helga fue capaz de percibir unos sonidos diferentes, parecían vocecitas y provenían de algún lugar delante de ella. Avanzó, con renovadas fuerzas, y comenzó a distinguir otras cosas. Olores diversos, entre ellos el de  leña y cerdo, mezclados con desperdicios. Al cabo de un rato,  comenzó a apreciar una luminosidad mayor a la de los hongos en los corredores. Llegó a una especie de cornisa desde donde pudo observar una imagen que la aterrorizó durante un buen rato.

A sus pies, en una gran cueva, se encontraba un montón de criaturas, que ella pensaba, solo existían en el terreno de las leyendas y los cuentos para espantar niños. Allá abajo, se encontraba toda una tribu de hombrecitos que no debían superar los tres pies, su piel era de un gris enfermizo y al parecer carente de pelo, poseían grandes orejas picudas, sus cabezas eran triangulares y sus ojos rojos como brazas de carbón ardiendo, escasos de nariz y con una boca llena de dientes. Contrahechos y agiles, al parecer, eran patizambos pero de largos brazos que terminaban en manos, similares a los de los hombres, pero poseían uñas largas como las de los felinos.

—Trasgos— masculló la guerrera temiendo ser descubierta. Los trasgos, porque eso eran, recorrían la gran sala de un lado al otro, al parecer estaban celebrando algo, pues había varias hogueras, en algunas había sendos calderos de metal con una especie de burbujeante líquido y, en otras carnes expuestas a las brasas. No vio animal alguno así que supuso que aquello era… reprimió las ganas de vomitar y concentro su atención en las criaturas.

Aguzó los sentidos y se percató, al cabo de un rato, que en cierta parte de la cueva había una gran pila de lo que parecía ser oro y otros tesoros. También reparó que a los lados de la caverna existían boquetes que ella supuso conectaban con otros túneles, por lo tanto debajo de las ruinas que Ermolai había encontrado, debía existir un gran laberinto. Y también se dio cuenta que al final de aquella caverna, había una especie de altar de roca al borde de lo que ella supuso era un precipicio.

—Bien—se dijo—ya he visto mucho, esto no va a complacer al capitán, pero.

Un desgarrador aullido, muy humano según ella, inundó la cueva y la alcanzó de lleno. Helga no pudo evitar voltear a ver. Su sorpresa fue grande cuando los trasgos respondieron al grito con más ruido y se fueron acercando al altar. Allí pudo ver como un trasgo, robusto y vestido con unos harapos, que otrora fueron albos, y portado un callado, arrastraba unas cadenas al final de estas un hombre, que la Loba del norte, reconoció como Jordit, la comadreja.

—Sin importar la sociedad que sea, los sacerdotes siempre viven bien— alcanzó a decir cuando se preparaba a partir, pero algo dentro de ella, la conciencia tal vez o el ansia de aventura, no dejo que se fuera tan fácil, debía salvar al pícaro—¡Maldita comadreja!— agregó mientras descendía con calma de esa cornisa aprovechando la distracción.

Los trasgos comenzaron a entonar un cántico, mientras el sacerdote obligaba, a punta de coscorrones y mordiscos, a Jordit a tomar el debido lugar en el altar. A pesar de la situación, a Helga le pareció divertida la similitud entre los trasgos y el pícaro sureño. Pues Jordit tenía los ojos pequeños, como de pulga, solían decir, la nariz era larga y ganchuda,  era bajito, al menos comparado con ella, y menudo. Parecía, como indicaba su mote, una comadreja, pero también un trasgo.

Con mayor cautela, la guerrera se movió hasta que encontró un nicho donde se pudo ocultar. Observaría hasta que la situación fuese la idónea. La loba del norte, no tuvo que esperar mucho.

El sacerdote guió los salmos, a medida que estos aumentaban en ritmo e intensidad; por su parte los trasgos comenzaron a excitarse cada vez más. Pataleaban, aullaban y gruñían, llenos de ansias. El rito, como toda ceremonia religiosa, se le antojo abrumadora, durante un rato, tuvo que hacer acopio de entereza, para no lanzarse al ruedo y aullar y patalear cual salvaje. Y, gracias a sus dioses, pudo soportar, porque una vez que el furor impregnó cada rincón de la sala, un trasgo, salido de la nada, le facilitó al sacerdote lo que parecía ser un tosco cuchillo, de aquellos que se usan para sacrificar cerdos.

Helga envainó su tizona y llevó su mano al cinto, allí encontró una hachuela. Besó la hoja y levantó una plegaria a Therun, dios norteño y remano, de la guerra y el rayo.  Se puso de pie y la arrojó con toda su fuerza. Rauda y veloz, sin desviarse una pulgada el arma logró su cometido. El sacerdote trasgo aulló como un perro y cayó  sobre Jordit que gritó con más fuerza y trató de quitárselo de encima. El resto de la congregación se dispersó en todas direcciones, horrorizada, buscando al culpable de aquel asesinato, lo que vieron seria leyenda entre los que sobrevivieron aquel aciago día.

En aquella caverna, entre hogueras y calderos llenos de sopa de hombre, entre madres trasgos que corrían con sus chiquillos a un lugar seguro, estaba una figura. Una efigie, que a los trasgos se le antojó un titán, surgido de la oscuridad. Por su olor tan peculiar supusieron que se trataba de una hembra de humano, la figura tenía la piel pálida como algunos peces, los cabellos del color de las monedas, vestía una armadura de cuero, unas botas de caña alta, calzón café. Gritaba con tanta fuerza que se imponía al clamor general, en un brazo llevaba un escudo con dos símbolos que aterrorizarían aquella tribu por años: la cabeza de un perro y la rosa roja. En la otra mano, una tizona, que no dudó en usar. La guerrera, pues eso era, para la desdicha de los trasgos, se lanzó a la carga con el escudo presto.

El primero que le cortó el paso recibió un potente golpe con el escudo, el pobre trasgo trastabillo quedando indefenso. Helga, no tuvo que pensarlo, mecánicamente lanzó un tajo y la cabella del bichejo salió volando por un lado y su cuerpo por otro. Un segundo trasgo le atacó, indignado por el destino de su paisano, cargó sin pensarlo dos veces. Para la mujer fue realmente sencillo usar el escudo para desviar el golpe y sacar a su adversario de balance, lo que siguió era de preverse. Helga aprovecho el movimiento para avanzar, tal como su mentor y padre putativo, el mercenario Virol, le había enseñado hacía muchos años. Mientras la mujer abría su camino entre el mar de trasgos, un Jordit desesperado trataba de librarse de sus ataduras, con cierta dificultad.

— ¡Helga! ¡Helga! ¡Loba!— gritaba con fuerza una y otra vez— ¡Loba! ¡Loba! ¡Loba! ¡Loba! ¡Loba! ¡Loba! ¡Loba! ¡Loba! ¡Loba! ¡Loba!— pero Helga, poseída por la sed de sangre, se había atascado en cierto punto en medio de aquel bosquecillo de trasgos, quienes comenzaba a apilarse a sus pies. Las bestezuelas distaban de ser buenos combatientes, ya fuese que usasen sus garras o sus armas, eran presas fáciles para la mercenaria, que a su vez estaba decidida a salvar a su amigo. Cuando recibió la primera herida seria, Helga cobró consciencia de que la superioridad de los trasgos radicaba en su número, decidió ponerle ahincó y librarse de aquellos que le rodeaban.  Bastaron unos buenos golpes de espada y sendas patadas, dignas de una mula, para librarse de aquella encerrona, en un tris la temible mujer seguía su camino y los trasgos se lo pensaron dos veces.

—Cierra el pico, comadreja— le ordenó una vez que estuvo frente a él.

—Bendito sea Prieska, por mandarte aquí.

— ¿El señor de la bebida y los juegos de azar, en serio?

—Cállate, loba y corta estas cuerdas—replicó— que viene algo grande.

Cual si fuera un profeta, lo declarado por Jordit comenzó a hacerse realidad. El suelo comenzó a temblar y la oscuridad al otro lado del altar resultó ser un gran agujero. Los trasgos, al sentir el temblor aullaron de terror y se dispersaron, mientras un potente sonido, parecido al de miles de patas arañando el suelo se apoderó del lugar. Al cabo de unos segundos surgía del pozo una criatura que helaría la sangre en las venas de Helga.

Era de verdad grande, gigantesca tomando en cuenta que se trataba de un gusano, su piel era blanca y de apariencia viscosa. Anillado, y con una cabeza cubierta por lo que a ella le parecía una serie de placas; protegiendo una gigantesca boca que era una festival de colmillos.

—Jordit, creo que tenemos un problema— dijo la joven mientras retrocedía unos pasos para encontrar una posición ventajosa. Por su parte el titán terminaba de subir por el precipicio. Logró mirar a su alrededor y se percató que, el magullado Jordit, estaba llenando dos cofres—. La soldada— barruntó por lo bajo Helga, mientras se hacia la luz en su cabeza.

Los trasgos, al ver a su dios en toda su extensión, se postraron ante él y comenzaron a orar, otros danzaron a su alrededor. El movimiento atrajo la atención del monstruo que comenzó a darse un festín a costa de ellos. Una vez la guerrera supero el asco y la indignación  se movió hacia donde estaba Jordit saqueando los tesoros trasgos.

—Ayúdame loba— le dijo el hombrecito, que volvía a vestir de negro tal como le gustaba.

—Vámonos de aquí.

— ¿Sin la soldada y un poco más? No, corazón. Nada que ver.

—El capitán me ordenó…— no alcanzó a decir  nada, porque el suelo comenzó a temblar. El movimiento de la mujer, tal vez su conversación con Jordit o todo eso junto, llamó la atención del dios trasgo, quien seguro pensaba que aquel par seria un suculento bocado.

— ¡Demonios!— exclamó el bribón si dejar de llenar el arcón— haz lo tuyo, mujer. Gana tiempo.

—No te atrevas…

—Te lo ruego, loba. Te lo ruego, por tu padre—Helga gruñó por lo bajo. Con espada y escudo en mano, aprestada para el combate encaró al gusano.

La bestia se alzó, como si fuese una serpiente y arremetió, Helga presta esperó hasta el momento preciso y  recogió su cuerpo, que antes había sido blanco seguro para el monstruo. Aquella finta dejó el flanco del gusano a merced de la fiera norteña, quien no dudó en atacar. Su tizona cortó la piel del engendro con facilidad, haciendo saltar un pestilente icor por los aires. El gusano, que al parecer nunca había sido herido, aulló con furia y se retorcía por el dolor. Los trasgos, en consonancia comenzaron a aullar, como viudas en duelo y a correr de un lado a otro.

—Aquí, Aquí, maldito— gritaba Helga con fuerza mientras golpeaba su escudo con la tizona y hacía acopio de voluntad para no devolver lo que había comido.

La bestia recobró la compostura y, de nuevo, se irguió como si fuese una víbora, para arremeter desde lo alto. De nuevo, los años de entrenamiento y la experiencia jugaron a favor de la norteña quien logro eludir el golpe y además colarse por  debajo del gusano, asestando un golpe realmente contundente. La herida resultó ser realmente dolorosa, pues el gusano comenzó a revolcarse por el suelo, haciendo temblar todo. Helga aprovechó para arremeter contra el dios trago, con aspavientos y gritos, el monstruo supo reconocer en la mujer un verdadero peligro. Lentamente, sin reflexionarlo fue retrocediendo hacia el precipicio.

Acorralado, el gusano se preparó para arremeter de nuevo. La mujer tomó la posición adecuada y se preparó para engañarlo de nuevo, esta vez el engendro no cayó en la trampa. Cuando la mujer se dispuso para fintar,  detuvo en seco su ataque y arremetió desde otro ángulo. Helga se sorprendió de que fuese tan rápido pero, sobre todo, que aprendiese. Absorbió el golpe con el escudo, pero no pudo evitar caer de espalda.

El golpe casi la deja sin aliento y la hace perder la conciencia. Le tomó unos minutos recuperarse, tiempo que su adversario aprovechó. Consciente de que no tendría otra oportunidad, el monstruo se elevó y arremetió con un movimiento de verdad fluido. Helga dejó su escudo de lado y preparó su espada, la alzó con las dos manos mientras levantaba una plegaria a su dios.

Esta vez el golpe sería el último, letal de verdad, especialmente por la fuerza que proporcionaría el gusano blanco. Helga, no pudo ponerse de pie, solo se limitó a arrodillarse y prepararse para ser tragada. Lo que ocurriría después solo podría comprenderse haciendo una abstracción, para el gusano, la herida que recibió era equivalente a que un hombre se tragase una espina de pescado, con la salvedad de que esta espina no le llegaría al cerebro; en cambio la tizona de Helga si alcanzó ese punto vital. El   monstruo, con la guerrera en la boca, comenzó sacudirse con la esperanza de librarse de ella, mientras retrocedía hacia el precipicio.

Hicieron falta tres intentos y toda la fuerza de la norteña para librarse de la boca del gusano. Helga salió despedida, rodó por el pétreo suelo. Mientras, el gusano retrocedía dando los últimos bandazos hasta caer por el precipicio hacia su muerte. Los trasgos, quedaron en shock, algunos, fieles de verdad acompañaron a su dios, mientras que otros aullaban de terror e intentaban quitarse la vida. Helga, por su parte, magullada y embadurnada de sangre, entrañas y saliva pestilente, trataba de ponerse de pie.

Jordit la asistió, le facilitó algo de vodka para que recuperara la compostura y luego agua, que Helga olisqueo más de una vez, para que se limpiase. Al cabo de un rato, la Loba, estaba en mejores condiciones. Los trasgos, por su parte, los miraban desde los nichos de roca, en sus rostros se podía leer una sinfonía de emociones que iban desde el odio hasta la reverencia por la mujer.

—Gracias, loba— le dijo Jordit mientras terminaba con los arcones.

—No ha sido un placer.

—Puedo imaginarlo.

— ¿Qué les paso?

—Es largo y dificultoso de contar.

—Hazlo corto.

—Llegamos a estas ruinas guiados por el brujo Ermolai y su ciencia.

—Tal como dijo el capitán.

—Una vez recorrimos las ruinas nos percatamos que era un templo, uno antiguo dedicado a Ariston— dijo— Dios imperial y Arcadiano. El templo tenía un gran sótano que revisamos, allí encontramos un gran boquete que nos guió por los túneles.

—Seguí esa ruta.

—Bueno una vez aquí abajo, esos nos emboscaron.

—E hicieron un festín con ustedes.

—Primero se zamparon a Ermolai.

—Justicia poética.

—Sí, luego a los hombretones.

—Y a ti de plato fuerte.

—Yo diría de postre— replicó mientras se echaba a reír.

Para cuando la petaca de vodka se acabo, Helga y Jordit se sentían mejor. Emprendieron el camino, la primera con cierta renuencia cargo un arcón, el bribón no rechisto y por su parte aguzó los sentidos pues temía alguna retaliación por parte de los trasgos. Grande fue su alegría cuando dejaron el templo sin lesión alguna.

—Es de día— dijo Jordit algo desconcertado y cegado por la luz.

—Debemos apresurarnos, porque cuando surja la luna seguro los trasgos se arman de valor.

—Bueno usted trajo montura.

—Arion no es una bestia de carga—le atajó Helga.

—Bien.

—y creo que cuando llegue vi a sus mulas, no han de estar muy lejos.

—Los dioses te oigan, mujer.

Les tomó toda la tarde dar con las mulas y prepararlas, la noche cayó pero aun así, los mercenarios se alejaron de aquellas ruinas. Caminaron durante un buen rato hasta que llegaron a un claro donde acamparon. Helga vigiló la mayoría del tiempo, porque se sentía con más fuerza, además sabía o, al menos, tenía una idea de lo que había sufrido la comadreja; así que le dejo descansar.

Cuando el alba los saludo, la Loba y la Comadreja reemprendieron el camino hacia el campamento. Con mejor ánimo y la soldada encima el viaje se hizo sencillo. La comadreja, parecía haber recuperado el aliento y las ansias de vivir, comenzó a cantar versillos obscenos y a proponerle a Helga que se fugaran con la soldada o, al menos se revolcaran en los arbustos. La mujer, circunspecta, lo saeteaba con su gélida mirada y este se callaba durante un rato, para volver a comenzar con el acto. Helga suspiraba y pedía clemencia a los dioses.

—Vespasiano, me las vas a pagar— gritaba— una soldada no justifica este tormento.

— ¡Cállate, loba! Que lo disfrutas más que yo.

—La Soldada, lo soportas, por la soldada.

 

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Esta entrada fue publicada el 15 enero, 2016 por en Literatura, Serie de TV.
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