En la Antesala Al Portal Oscuro

Por varias copas de Pulque

Lizardfolk_-_Steve_Prescott

arte de Steven Prescott

Ocelote extendió su totuma y observó cómo el agua era vertida en ella. Acto seguido, la bebió toda de un solo golpe, aunque no sintió que su sed fuera saciada del todo. Pero era consciente de que no había mucha agua, tenía la esperanza de que el mango que iba a tomar por desayuno saciara su sed y hambre. Miró alrededor, y observó en los rostros de sus “compañeros” las mismas dudas. También se percató de la gran poza de agua cristalina tras ellos, un dulce líquido que no debían beber, por mucha necesidad que tuviesen.

—Ni lo pienses, amigo— le dijo el delgado Alotl, de nariz ganchuda, ojos rasgados e inteligentes, pero muy blando para el gusto del guerrero, como todos los Tlajkotlalpanos.

—No lo consideré, ni por un santiamén— replicó mientras daba un mordisco cargado de desafío al mango y se acomodaba en el suelo. Trató de relajarse, tal vez de echar una siesta, pues había pasado toda la noche en vela vigilando el campamento, esperando a que las bestias al borde de éste dejasen de gruñir y saltaran sobre ellos. Pero eso no ocurrió, las monstruosidades de más allá se contentaron con hacerles perder el sueño.

—Deberíamos partir de una buena vez, como hicieron el amo Teutli y los otros— soltó uno de los compañeros, llamado Chipahua, al borde de los nervios. Ocelote trató de ignorarle por completo, no debía dejarse de llevar por la desesperación y la sed, pues de hacerlo estaría cayendo en la trampa de sus atormentadores.

— Teutli y el resto no llegaron lejos— replicó Alotl con mucha certeza—, los guardianes de la poza los mataron.

—Entonces el barco con los remeros de madera debe estar esperándonos en la playa— soltó el neurótico Chipahua — ¿Quién dice que los guardianes no se dieron por servidos entonces? ¿Lo puedes asegurar Alotl?

—No… pero…

— ¡A la mierda todo!

El compañero neurótico no esperó la respuesta, tomó lo que pudo, y salió corriendo a toda velocidad. Alotl aulló para tratar de detenerlo, y los otros guerreros se pusieron de pie. Como compelidos por un resorte, saltaron contra el hombrecillo, pero éste fue mucho más veloz y, como un cervatillo, salió del campamento.

Ocelote abrió los ojos con calma, se puso de pie para observar cómo el cobarde de Chipahua se internaba en la jungla. No logró avanzar mucho, pues de la nada salieron unas extrañas criaturas. Al principio las tomaron por hombres, pero cuando se expusieron a la luz y vieron esos cuerpos cubiertos de escamas, crestas multicolores y cabezas triangulares propias de los lagartos, cayeron en la cuenta de a qué se enfrentaban. Uno rugió y paró en seco al desertor, justo a tiempo para que su compañero le asestara un golpe en la cabeza con una tosca maza. El cráneo sonó como un coco que se da contra una piedra, a la par que embadurnaba los árboles en la cercanía con los sesos de aquel imbécil.

Uno de los hombres, el guerrero que se hacía llamar Chicahua, con gran destreza tañó su arco. La flecha disparada, rauda y precisa, atravesó el ojo de uno de los reptiles, mientras que el otro arrastraba el cadáver del cobarde. Un fuerte silbido recorrió la selva, y Ocelote supo que estaban en problemas.

—Alotl, recoge tus bártulos, y los míos si puedes— le ordenó. Aquel sureño sería suave, y le creería tonto, pero era el único que sabía cómo hacer funcionar el barco que los había traído a aquella maldita isla. Además, estaba en deuda con él, para ser exacto le debía más de una decena de copas de pulque; Por eso había aceptado venir en esta alocada búsqueda y, además, comprometerse a  mantenerlo con vida a toda costa—. Mantente cerca de mí, preferiblemente detrás, y corre como el viento cuando sea necesario.

Tomó su querido itztopilli con una mano, mientras que en la otra tenía su siempre fiable daga de obsidiana; atento a los sonidos alrededor, esperando que aquellos hombres lagarto saltaran desde los árboles, o de cualquier matorral.

—Allí— gritó Chicahua, mientras disparaba otra saeta y enviaba a uno de esos lagartos de vuelta al Xibalbá.

—Corramos de una vez, Ocelote.

—No, primero debe empezar el combate. El que llegue de último, paga las rondas de pulque— gritó a los otros guerreros.

—Yo tengo mujer e hijos en casa, conmigo no cuenten— respondió Atzin, un fornido gigantón de buen corazón.

No alcanzaron a decir nada más, pues los hombres lagarto saltaron al claro en medio de gruñidos. A Ocelote le asombró el hecho de cómo asemejaban a los hombres en forma, pero seguían preservando los rasgos de bestias. El que estaba frente a él era sólo un palmo más alto, y esgrimía una lanza con punta de obsidiana. En sus ojos se podía percibir la inteligencia, además de la malicia, “pero no la suficiente” a juicio de Ocelote. Con un movimiento tosco, trató de ensartar al guerrero, quien usó su hachuela para desviar la lanza. Mientras que con el cuchillo lo apuñalaba en  la base de la quijada. El agudo y oscuro filo apenas encontró resistencia, mientras que la sangre carmín manó como un torrente.

El lagarto no tardó en caer al suelo, cuando Ocelote encaraba al próximo adversario. Éste arremetió directo a su cabeza con lo que parecía ser  un quauhololli, pero el humano de broncínea tez y oscuros ojos, fue más rápido y eludió el golpe agachándose. Con la velocidad del viento, y los años de práctica, encajó un hachazo bajo la axila del lagarto.

—Se parecen a los hombres, y mueren como hombres— gritó, mientras repetía el golpe, a la par que con el cuchillo cortaba a la altura de la cadera—Ahora corre.

Las saetas de Chicaua silbaron cerca de sus oídos, pero eso no amilanó el paso de Ocelote, quien tenía la vista fija al final de la floresta. Con alegría se percató de cómo su compañero era tan certero como letal, mientras que él se limitaba a usar su velocidad y masa para desjarretar a algunos lagartos con su itztopilli. Aquellos engendros resultaron ser duros, pero también fueron lo suficientemente descuidados para subestimar la desesperación de los hombres.

Resistió la tentación de echar un vistazo atrás; si Alotl, Atzin y Chicaua lo seguían debían hacerlo a su ritmo, en caso contrario serían merecedores de su destino. Los músculos le ardían, mientras se sentía bañado en sudor, uno que le escocía, haciendo evidente alguna herida.

Hizo acopio de toda su voluntad para ignorar el dolor, hasta que alcanzó a ver el borde de la jungla. La luz proveniente de la playa y el olor de la brisa marina reavivaron su ánimo. Ya se veía fuera, cuando un lagarto le cortó el paso. Miró, contraviniendo sus pensamientos, por el rabillo del ojo, hacía atrás, esperando encontrar algo de apoyo. Pero lo cierto es que no encontró nada más que a Alotl cada vez más cansado y asustado.

Con los labios resecos y el corazón desbocado, apretó con fuerza su hachuela y fue a por la bestia. Se barrió por los suelos en el momento exacto en que la escamosa criatura, con cierta malicia, arremetía con sus garras. Con suavidad, cruzó entre las piernas, y se puso de pie, como impulsado por un resorte, listo para atacar al hombre lagarto por la espalda. Pero la gigantesca cola del monstruo lo golpeó con fuerza, arrojándolo a un lado.

Rodó por la arena, pero con el mismo impulso se puso de pie, no tenía tiempo que perder. Le dolía el pecho, además de costarle respirar. Se contuvo unos segundos, hasta que alcanzó a ver el barco en que habían llegado. Tal como sospechaba, Teutli, el noble que los había contratado, no tuvo tanto éxito a la hora de cruzar la jungla.

—Ven acá, ¡Maldito bicho!— le gritó mientras avanzaba hacia él con itztopilli en mano. El hombre lagarto levantó la cola para abofetearle de nuevo, pero Ocelote fue más rápido y saltó. Cayó a un ladoy, valiéndose del empuje y el peso de su cuerpo, logró cortar limpiamente el apéndice de su adversario. La sangre manó a borbotones coloreando la arena, mientras la bestia aullaba en su propia lengua.

Aquella distracción le dio tiempo suficiente al resto para cruzar sin sufrir más daño. Vio cómo del abdomen de Chicaua sobresalía un trozo de lanza, y cómo el gigante Atzin lo cargaba con cuidado; parecía que el arquero no llegaría al navío. Alzó el arma para dar otro golpe letal a la cadera del lagarto, pero con una mano —terminada en garras capaz de cortar cualquier cosa— detuvo la muñeca de Ocelote, mientras que con la otra lo cogía del cuello, alzándolo. Algo le dijo que la intención de lagarto sería clavarle una gran mordida en la clavícula.

Entre gruñidos y maldiciones, logró alzar las piernas y envolver parte del brazo del lagarto. Y, corriendo el riesgo de que le arrancaran el otro miembro, echó todo su peso hacía abajo. Por la gracia de algún dios, su mano logró liberarse de la garra, no sin que ésta dejara en su piel sendos surcos rojos. Ignoró el ardor y la sensación del vital  y pegajoso líquido fluyendo, mientras concentraba su peso en forzar la coyuntura del lagarto. Éste, sin su cola, fue incapaz de mantener la estabilidad, y terminó dando un sonoro beso a la arena.

El golpetazo aligeró la presa, y el guerrero logró liberarse. En pocos segundos, se arrastraba a gran velocidad por el suelo en busca de su arma, mientras que su adversario levantaba el morro chasqueante, prometiendo una muerte rápida si alcanzaba el cuello. Ocelote tomó un puñado de arena y se la estampó en los ojos, mientras que la bestia aullaba de dolor. “Carecen de malicia” repitió para sí. El guerrero se puso de pie y, tambaleante, alcanzó su itztopilli. Antes de que el lagarto recobrara su compostura arremetió contra el cráneo de éste con toda su fuerza y voluntad.

El cráneo chasqueó con un sonido seco, y Ocelote extrajo el arma. No lo pensó, no perdió tiempo en ello, y asestó otro golpe, esta vez más rápido, más fuerte. Volvió a golpear, y siguió haciéndolo hasta que no quedó más que una pasta sanguinolenta.  En ese momento, escuchó el cimbrar de una flecha, y observó cómo un lagarto, a su lado, caía al suelo.

Caminó tambaleante hasta la playa, donde le esperaban sus compañeros. Le ardían los músculos, le picaban las heridas, y su visión era borrosa. Alotl corrió hasta él ofreciéndole un pellejo negro.

—No moriré tan fácil— le dijo entre jadeos.

—El agua de la poza funciona como debe ser cuando se está herido o moribundo— observó que Chicaua estaba pálido, pero vivo y de pie, con el arco en mano—. Toma, ¡Maldición! No tenemos tiempo que perder.

Alotl señaló la jungla y Ocelote observó cómo una oleada multicolor salía de ésta entre siseos y silbidos, listos para acabar con el asesino del gran campeón. Tomó el pellejo y le dio un gran trago. Lo primero que percibió fue que el agua estaba helada, lo segundo fue que la mente y la vista se le despejaban, lo tercero fue que aquello le ardía y picaba, comenzó a escocerle y a quemarle más de lo debido, tanto que casi cae al suelo. Y, al final, cuando esta sensación remitió, un segundo aire lo invadió. Uno que aprovechó para correr hacia el barco, que ya Chicaua y Atzin empujaban.

Una vez en el bote, observó a los remeros hechos de negra madera, sentados con su espalda recta y los remos en mano. Aquella imagen no dejaba de asombrarle, tampoco el hecho de que aquellas criaturas cobraran vida, luego que Chicaua y Atzin hiciesen girar unos tornos, valiéndose de unas palancas, que se encontraban detrás del mástil. Los hombres se esforzaron por unos minutos, generando un ruido que taladraba los oídos, pero luego, cuando terminaron y soltaron unos amarres, el ruido fue más suave, y los hombres de madera —como si fueran uno— comenzaron a remar.

La playa se alejaba de ellos a gran velocidad, pero no los peligros; puesto que algunos lagartos se lanzaron a nadar para perseguirlos. A Ocelote le asombró la naturalidad con que se desempeñaban en el mar.

Chicagua tomó su arco, y él lo emuló, aunque no eran tan buen arquero. Dieron cuenta de algunos, y observaron cómo el agua se fue tornando roja. Pero, al cabo de un rato, y mientras el barco ganaba velocidad, los lagartos desistieron.

Se recostó en alguna parte de la popa, sudaba a raudales y sentía que las fuerzas del segundo aire lo abandonaban, que la noche en vela le pasaba factura. Así que, sin dudarlo, y dándose por seguro, se relajó y permitió que el sueño le venciera. No sin antes prometerse que nunca más viajaría por mar, y que nunca haría promesas cuando tuviese varias copas de pulque entre pecho y espalda.

FIN

Nota

el presente relato atrajo mucha atención, al parecer la idea de una Espada y Brujería con tintes precolombinos es atractiva. Esto me ha impulsado a considerar la idea de escribir otros relatos en el mismo plan. Mientras tanto, tenemos este que se puede disfrutar sin mayores problemas. Y, ahora se puede disfrutar mucho mejor, porque el escritor José Antonio Herrera, ha tenido para con mi persona, el detalle de pasarle la lupa al relato.

Con su corrección ha quedado una obra realmente limpia y más legible. He de excusarme que la repasé varias veces y aun así no alcance a ver los fallos que José vio. En fin, disfrutad de esta obra, y de nuevo aprovecho a darle las gracias al Señor Herrera por su gentileza

 

 

 

6 comentarios el “Por varias copas de Pulque

  1. Ignacio Castellanos
    12 enero, 2018

    Me entretuvo y se lee con rapidez. Felicidades.

    Me gusta

  2. Bastante bueno.
    Una muestra de “Mācuahuitl y Nahualt” Espada y Brujería con temas precolombinos, muy bien hecha.

    Le gusta a 1 persona

  3. Pingback: Por varias copas de Pulque | En la Antesala Al Portal Oscuro - Aventuras Bizarras

  4. Pingback: ¿Que es eso de Macuahuitl & Nahuatl? | En la Antesala Al Portal Oscuro

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Esta entrada fue publicada en 12 enero, 2018 por en Literatura, New Pulp y etiquetada con , , .
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