En la Antesala Al Portal Oscuro

La Maldición de Villa Bostezo

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I

El viento acariciaba su rostro, por ello Matatizo se acercó a la proa del dhow, para disfrutarlo con mayor comodidad. En ese momento, cuando el día comienza a menguar, el Kutoa Uzima se vestía de tonos dorados, mientras que el cielo anunciaba que se engalanaría con tonos pasteles. El pícaro suspiró y volteó hacia el centro de la embarcación, allí encontró a su fiel guardaespaldas Ajax, quien conversaba con mucha alegría con la tripulación del navío. El oriental, de aquilinos rasgos, fue, en su temprana juventud, un marinero, por ello comprendió con rapidez  la forma de pensar y trabajar de los marinos Mamba. Si bien es cierto, que hay  un gran abismo entre un lobo de agua salda y un marinero de agua dulce, esto no impidió que el taciturno oriental se ganará el cariño de los belicosos hombre cocodrilos. Matatizo no pudo evitar asombrarse, que el hombre blanco lograra, a la primera, lo que a él como nativo le tomó varios viajes y mucho oro.

<<A algunos tienen suerte en la vida, otros deben esforzarse para triunfar>> se dijo mientras miraba en otra dirección. Sus ojos, encontraron con rapidez a su otro acompañante, la joven Nomusa, quien aun estaba muy pálida y se aferraban con fuerza a una baranda. <<Mí pequeña, no quiero imaginar lo mucho que vas a sufrir si algún día decidimos emprender un viaje por el mar>> no pudo evitar sonreír, y anotar en su agenda la posibilidad de dicha travesía.

—Villa Bostezo a la vista— gritó uno de los vigías. Ante sus ojos, apareció aquel conjunto de albos palafitos, que unidos por plataformas y puentes hacían de aquello un pueblo. La vista de las tallas en forma de hipopótamo, los colores y banderines en el puerto, hicieron que el corazón de Matatizo diese, como siempre, un brinco, como si fuese un infante. Ya tenía años visitando estos parajes, y aun se emocionaba al ver la villa de los kibobos sobre las aguas.

Villa Bostezo, como solía ser llamada, era el último punto civilizado en el norte del Ufalme Wa Nguzo. Si se seguía remontando el río, hasta tratar de llegar a su punto de origen, se llegaba a la cordillera  conocida  como La Muralla de Ochieng, o simplemente la Muralla. Aquel era el terreno de las tribu Lokaci y los Dege, unos mineros y los otros montañeses montaraces. Más allá de aquella barrera natural, se internaba uno en el Reino de Elefantina y del Rey de Todo-el-Mundo. Matatizo volvió a suspirar ante la idea de visitar aquellas regiones considerada bárbaras por los nativos del Reino de los Pilares.

—Bwana— el noble giró para encarar al capitán del dhow. Alisó su túnica azul celeste, mientras ajustaba el manto blanco que era clara evidencia de su posición de autoridad. Sonrió de medio lado, para demostrarle al capitán que su apariencia no le intimidaba.

Los hombres mamba se limaban los dientes y se realizaban escarificaciones en el pecho y la espalda para parecerse al cocodrilo, quien era el espíritu guardián de su tribu. Aquello formaba parte de los ritos para alcanzar la hombría—. Ya estamos por llegar al terreno Kibobo— en el tono de voz, el joven pícaro percibió el desprecio del mamba, y el deseo del hombre por conseguir algo más — y deseo saber qué tanto de los productos que usted trae se descargaran.

—Mí querido Tabo— Matatizo tamborileo su oscura y lampiña barbilla, mientras volteaba los ojos— Kwasi, su segundo y yo, hicimos un inventario ayer, determinamos lo que vamos a descargar. No es mucho, por lo tanto no estaremos más de una noche y un día entre los kibobos.

—Pero…

—No perderás tiempo, y oro. Habrá tiempo para que los hombres descansen, y si no hay mayores inconvenientes partiremos con bien la siguiente mañana. Mi amigo, el buen Wekesa— el rostro de Tabo se torció ante la idea de que alguien pudiese llamar amigo a un hombre kibobo, y masculló, por lo bajo, una jerigonza que solo los mambas comprendían. Matatizo no pudo evitar sonreír, pues ya sabía lo que decía— ya tiene todo organizado y listo, los compradores solo están esperando la entrega de la mercancía.

—Yo solo decía…

—Lo sé, amigo mío. No tengo tres días en esto. Yo brindaré la primera ronda de cerveza de mijo—. Tabo sonrió ladino, mientras asentía—. Elige a los hombres más fuerte y rápidos, y si lo hacen en menos tiempo, yo les daré una buena recompensa.

La promesa de Matatizo habría sido el acicate idóneo para los mambas, pero cuando llegaron al puerto, el abrumador silencio que embarga a la villa desató los temores de los marinos de agua dulce, y el resquemor del mercader. La ausencia de jaleo en un puerto, siempre era mala señal.

—Bwana, ¿Qué turba tu mente?— la atronadora voz del gigantesco Ajax lo sacó de sus elucubraciones.

—Mi buen Ajax, Villa Bostezo solo tiene el aburrimiento como nombre. Por regla general, este puerto siempre es más movido.

—Ya decía yo— soltó el estoico oriental— que esto no podía ser usual, por muy extraños que ustedes los continentales me parezcan.

Matatizo sonrió, e hizo un gesto a Nomusa para que se acercara —Niña, ¿Qué percibes?

—Frío, bwana. Y el sol aun no se va a dormir… no, aun no quiere ir a dormir—. Respondió con premura, ladeando la cabeza como si escuchase a alguien más— el aire sabe mal… sí, sabe raro aquí.

—No lo digas muy alto, mi niña. Los mambas son supersticiosos.

—Pero es lo que el loa me dice, bwana.

—Entiendo— tomó a la mujer por la delicada barbilla y la miró directo a sus áureos ojos— busca tus dagas y polvos… nos vamos de paseo. Tú también, mi pálido grandulón, busca esa espada tuya, además de tu armadura de laminas. Vamos por algo de cerveza y algo de comer.

Villa Bostezo, como la mayoría de las aldeas kibobo, está construida sobre el agua. Cerca de las orillas y vegas del Kutoa Uzima, conforman una red de plataformas y puentes que unen palafito con palafito dando la sensación de estar frente a algo solido. De madera, siempre barnizada, embreada y protegida para que la humedad no acabe con ella; la ciudad siempre tiene movimiento. Durante el día es un puerto cualquiera con trabajadores y pescadores yendo de un lado a otro, con la gente haciendo su vida. En la noche, todos los hombres cansados y los buscavidas salen a disfrutar de la frescura que la luna trae consigo. Por eso, en aquel atardecer, a Matatizo le asombró, y molestó sobremanera el ver la ciudad vacía.

El silencio, las ventanas y puertas tapiadas le picaban en los oídos. El retumbar de los pasos propios y ajenos, hacían que los dientes le dolieran. A pesar de ello, se internó en la ciudad, para buscar la taberna de Wekesa, esperaba y deseaba, que esta se encontrase abierta y su amigo de pie, listo para recibirle. Pero, la parte racional de él ya lo había prevenido.

—Esto parece una tumba— Ajax tenía la mano en el pomo de su espada y el ceño fruncido, miraba a todo lado con cautela. Era evidente para Matatizo, que él también se sentía observado.

—Quien nos ve está cargado de odio— Nomusa olisqueó el aire como si fuera un perro—. Bwana, nos desean la muerte.

La oscuridad avanzaba, y algunos rincones de la ciudad comenzaban a verse cada vez más siniestros, en especial  ante la falta de iluminación. La ausencia de gente lo mortificaba sobremanera. De repente, comenzó a escuchar el sonido de potentes pisadas, que venían en su dirección. Durante unos segundos, el pícaro pensó que era una comitiva, un grupo de soldados que venía a por ellos, pero cuando se percató que el sonido provenía del mismo camino que el había dejado atrás, supo que eran los mambas, al parecer el deseo de beber y pisar algo un poco más sólido.

Ignorando a los hombres, el pícaro avanzó hacia una plaza, donde confluían los frentes de cuatro casas, entre una de ellas descubrió la Taberna de Wekesa. Su corazón dio un brinco, y la sed hizo acto de presencia en su gaznate distrayéndolo. No vio al hombre de mirada enloquecida que salió de la nada, que movido por un ansia asesina y el miedo arremetía contra él.

— ¡Matatizo!— gritó Ajax, al ver que del otro lado de la calle surgía una oscura figura que corría a gran velocidad hacia su señor. Iba vestido con una túnica sucia, que había visto mejores tiempo. En la mano llevaba un nudoso garrote, con el cual esperaba partir la cabeza del pícaro como si fuese un melón. Con la rapidez de un leopardo, el pálido oriental se interpuso entre ambos, con la espada desvió el golpe, y tras un giro de su muñeca logró desarmarlo.

Nomusa, movida por cierto instinto le asestó al atacante un potente puñetazo en la base de la cabeza, sus brazaletes cantaron con fuerza, mientras dejaba al hombre tendido en el suelo. Matatizo giró como una peonza y se percató de su atacante. Su mirada fue de este a la bobalicona y lupina sonrisa de la muchacha.

—Espero no lo hayas matado, mi niña. O tendremos problemas.

—Siempre tenemos problemas, bwana. Eso es lo bonito de viajar contigo.

II

La bofetada que le propinó Nomusa retumbó en la cómoda y cálida taberna, de tal manera, que todos los hombres se sobresaltaron. Por unos segundos logró que los mambas dejaran de lado sus cervezas, para ver aquel acto tan brutal.

—Nunca dejes que despierte así— ordenó Matatizo a Ajax, quien sonreía ante semejante ocurrencia—. Gracias por tu apoyo niña, ¿Por qué no traes más cerveza y pan?

Nomusa lo miró con calma, luego observó al hombre. A Matatizo le dio la impresión de que replicaría su orden, pues aquel brillo belicoso y demente había hecho acto de presencia en sus áureos ojos. La última vez que aquellos inusuales ojos habrían brillado de esa forma, cosas desastrosas pasaron; pero en vez de ello, la mujer se interno en la cocina de aquella abandonada taberna. A veces, Nomusa le daba escalofríos.

A un gesto de Matatizo, Ajax le ayudó a sentar al hombre un banco. Lo sostuvo un momento, mientras volvía en sí. El pícaro le acercó algo de cerveza, con la esperanza de que el olor le hiciera recobrar la conciencia. El hombre tomó la pinta, y con desesperación comenzó  a dar cuenta de ella.

—Así es, trágalo todo— Matatizo se acomodó en su banco y tomó algo de pan, mientras anhelaba tomar algo más fuerte <<Un poco de ron se agradecería en este momento>>

—Gracias.

—No seas tan ligero al darlas—. Tras un movimiento de su cabeza, el gigantesco Ajax se colocó su manazas en el hombro del individuo. En ese instante, con la escaza luz de las lámparas de aceite, el ceño fruncido y el juego de sombras, aunado a la aquilina nariz del hombre, le daban el aspecto de ser una suerte de criatura a mitad de camino entre un hombre y un halcón.

—Yo…

— ¿Por qué me atacaste?— Matatizo bajo un tono su voz, y en su pregunta se pudo percibir una amenaza velada.

—Yo—. El pícaro ladeó la cabeza, y Ajax apretó con fuerza el hombre del hombre, quien se retorció ante el dolor. Estuvo a punto de caer al suelo, pero el guerrero lo sostuvo.

—No gritaste… buen chico— Nomusa llegó con una jarra de cerveza y algo que parecía pescado seco. Matatizo le dio las gracias y con la mirada le ordenó sentarse en una esquina—. ¿Por qué me atacaste?

—Yo… te confundí con un amigo…

— ¡Vaya! ¿Ese es el nuevo saludo kibobo? ¿Han visto eso muchacho? Al parecer los mambas van a tener razón sobre ustedes.

—No soy kibobo…. Fue un accidente.

—Uno muy triste— Ajax volvió a apretar con fuerza, y el hombre se estremeció.

—Bwana, lo siento.

—Yo también, dime ¿Cómo te llamas y que carajos pasa aquí?

—Una maldición, una maldición ha caído sobre el pueblo.

En la taberna, donde diez marinos mamba y los tres aventureros estaban, cayó un estremecedor silencio.

—Eso es un cuento para asustar niños… ¿te parezco uno?

—No bwana— replicó con rapidez el hombre, para evitar el apretón de Ajax. El pícaro sonrió y ordenó a su protector que apretara con fuerza. El  hombre se estremeció, y contuvo de nuevo el grito, mientras dejaba salir las lagrimas— ¿Por qué fue eso?— alcanzó a decir una vez que el agarre del oriental disminuyo.

—Uno, por no decir tu nombre y dos por tratarme de verme la cara de pendejo.

—Chiumbo, bwana. Ese es el nombre que me puso mi madre.

—Eso me gusta más, ves que fácil es cooperar. Dime, y no me vuelvas a mentir, ¿Qué diablos pasó aquí?

—Una maldición, bwana. Cayó sobre el pueblo, hace unos días, cuando la luna estaba ausente en los cielos. Llegó una extraña figura, y aquella noche se escucharon gritos que helaron la sangre de todos— Chiumbo hablaba con celeridad, pues temía que Matatizo lo castigara, en vez de eso este ordenó, de nuevo con la mirada, a su hombre de confianza que tomará asiento—. A la mañana siguiente, todos se movieron a ver qué había pasado, luego de tanto preguntar dieron con la casa de un prestamista y tasador llamado Chifuniro. Lo hallaron muerto, desmembrado.

—Interesante, sigue.

—Esa misma noche, alguien dijo haberle visto rondar por las calles.

— ¿A Chifuniro?

—Sí, bwana. Y tres hombres más murieron de la misma forma.

—Y, déjame adivinar, los vieron las siguientes noches.

—El pánico cundió. La gente comenzó a decir que cualquiera podía ser el asesino. Y comenzaron las matanzas y persecuciones—. Ajax silbó asombrado, no era para menos—. Por eso todos están encerrados. Imperó la sensatez, pero la maldición no cedió. Ahora, la gente cae más rápido en las manos de la maldición.

Matatizo miró a los mambas por el rabillo del ojo, estos habían escuchado todo el relato, y apuraron sus cervezas. Algunos fueron por más, otros comenzaron a recoger algo de comida. El pícaro dedujo, sin falta alguna, que se preparaban para huir al barco y guarecerse allí. Tenía que hacer algo, antes que el miedo nublara sus mentes, o Tabo tomaría su navío y se iría de Villa Bostezo sin pensarlo dos veces.

—Paparruchas. ¿Qué hizo el Mtumishi del pueblo?

—Encerrarse, y rezar porque todo esto pase. Pues las mambo y los hougans locales fueron alcanzados por la maldición.

—Ya veo. Bueno, señores, será mejor que nos larguemos.

—Bwana, ¿no haremos algo?— soltó Nomusa mientras dejaba a un lado el cuenco lleno de semillas tostadas de calabaza y se ponía de pie.

— ¿Qué podemos hacer?— inquirió Ajax

—Usted es un panya, debe hacer algo, bwana—. Matatizo tomó el tarro de cerveza y le dio un largo trago, mientras le hablaba con los ojos a la mujer.

— ¿Es usted un panya?— el rostro de Chiumbo se ilumino, mientras que el de Matatizo se oscurecía aun más.

—Bwana ¿Qué importa que seas un panya?

—Es importante— el fastidio se había instalado en el rostro de Matatizo— porque Según los relatos narrados por los Ngoma, todos los hombres de la tribu panya, al ser tan temerarios como su espíritu tutelar, salen al mundo a deshacer entuertos y pelear contra monstruos.

—Ya veo— el guerrero tomó un poco más de cerveza y miró a su señor con calma. Recordó su última aventura, y se dijo que tal vez los ngoma no estaban tan equivocados—. Entonces se ve obligado a estar a la altura de la leyenda que les rodea.

— ¿Debe hacer algo, bwana?— insistió Chiumbo—A menos que…

—Que no se te ocurra insinuar que estoy mintiendo, ¿Quién en su sano juicio querría hacerse pasar por un panya? Peor aún— miró desafiante a Nomusa, que aun estaba de pie— ¿Quién en su sano juicio diría a los cuatro vientos que es un panya? ¡Por el Todopoderoso!

El hombre bajó la vista compungido, mientras que el pícaro panya mantuvo su actitud desafiante. En ese momento, a Matatizo comenzó a olerle mal la actitud del hombre, además de algunos hechos, entre ellos que Chiumbo estuviese por las calles y supiese el nombre y la profesión del primer muerto. Y, tomando en cuenta que no era un nativo, le llamó la atención que anhelara la resolución del problema.

—Entonces nos iremos, bwana— dijeron los marineros mamba, que había guardado silencio durante un buen rato.

—Yo que ustedes no saldría a la calle, ya oscureció. Y la cosa que hace cumplir la maldición seguro estará ansiosa de probar carne fresca y nueva— miró a los marinos mamba con calma y le indicó que tomasen más bebida y comida.

—No se irá, y tampoco hará nada— soltó Chiumbo— ¿Qué hará entonces?

Matatizo pensó que era poco lo que se podía hacer, salvo tratar de identificar el móvil de la maldición, hecho aquello sería capaz de resolverla. Por regla general, una maldición era consecuencia de haber ofendido a alguien más poderoso. Con mucha frecuencia, las maldiciones eran directas y unipersonales, porque el que las enviaba sabía o tenía una idea de quién o quiénes eran los ofensores, pocas veces eran tan generales. En este caso, pensó Matatizo, la maldición, o el ser que la está haciendo cumplir, desconocía a su ofensor. Y, tomando en cuenta a la primera víctima, supuso que el móvil tras todo ello era un robo. El ejecutor de la maldición, estaba buscando a un ladrón, y para identificarlo, decidió aplicar un método de descarte. <<Sencillo pero efectivo, eres un chico listo…. A menos que te guste derramar la sangre>> todo esto cruzó por la mente del panya mientras tomaba más cerveza y caía en cuenta que estaba obligado a hacer su jugada. La cuestión es ¿Cómo volver todo a su favor, mientras hacia lo que la maldición deseaba?

— ¿Qué haremos, bwana?

—Yo quiero emborracharme y hacer algo sabroso de comer. Vamos Nomusa, veamos que tiene la despensa de Wekesa— cayó en cuenta que su amigo, con seguridad, estaba muerto y eso lo entristeció un poco— y que se puede hacer con ello.

—Pero…

—Nada niña, no hay peros.

III

No le tomó mucho a Nomusa y Matatizo hacer un exquisito guiso que sirvieron a todos, a la par que abrieron otros barriles de cerveza, esta vez algo de mejor calidad, que aquel odioso caldo de mijo que estaban bebiendo. En el ínterin, ordenó a los marineros que armaran un barullo, que sus obscenidades subiesen a los cielos y despertaran al Todopoderoso.  Mientras, le ordenó, en silencio a Ajax que tuviese a punto sus armas y ajustara su armadura lamelar.

En cuestión de horas, los recién llegados habían llenado la taberna de luz, ruido y alegría, mientras que el olor del guiso salía del hogar y era llevado por los vientos. Matatizo eligió una mesa que colocó en línea recta con la puerta principal, y se sentó frente a ella. A su derecha colocó a Ajax, quien a pesar de dar cuenta de varios cuencos de guiso, nunca bajó la guardia. Mientras que a su izquierda se hallaba Nomusa devorando otro cuenco de semillas tostadas de calabaza. No perdió de vista a Chiumbo, mientras fingía beber y coreaba las obscenas canciones de los mambas.

Cuando pensó que ya había perdido el tiempo, que no pasaría nada relevante y que la noche seguiría su curso, una figura hizo acto de presencia. <<Mordió el cebo>> pensó Matatizo.

Jambo, extraño— saludó Matatizo a lo que parecía un niño andrajoso y mal encarado— Pequeñín, entra y come algo; hay suficiente para todos.

El niño cruzó el umbral, y los marinos que estaban cerca retrocedieron unos pasos.

—Sí, hay mucho para comer— la voz que surgió de aquella garganta era como el trueno en la lejanía. Asustado los marinos retrocedieron aun más—. La carne de los ladrones tiene un buen sabor.

Sus ojos brillaron como tizones traídos del infierno, mientras el estiraba un brazo que salió disparado hacia Matatizo, como si aquello fuese la lengua de un camaleón o una áspid atacando. Rápido de pensamiento, y por alguna extraña razón de acción, Matatizo volteó la mesa y se escudó en ella. La garra del niño se estrello contra el borde de la misma haciéndolo estallar y lanzando astillas por los aires.

—No pierdas de vista Chiumbo— ordenó Matatizo a Nomusa, mientras que Ajax desenvainaba su espada y, con una celeridad asombrosa, golpeó el brazo de su atacante. Una voluta de humo surgió del miembro cercenado, mientras que el siseo que hace el agua al impactar en una plancha de metal al rojo vivo inundó toda la sala. En ese momento, Matatizo supo que tenía una ventaja.

Salió detrás de la mesa, con la agilidad que solo se consigue con años de práctica, y arrojó, con un movimiento ligero y exacto, un par de finas dagas que ocultaba en las grandes mangas de su túnica. Los dardos de metal volaron e impactaron con precisión en el pecho del demoníaco niño, que aullaba hecho una furia por la injuria recibida.

Asustados, los marinos se hicieron a un lado, justo a tiempo para evitar otro enloquecido ataque. Consciente de que no debía perder más tiempo, arremetió de nuevo con otras dagas, una de ellas impactó en el pecho de la criatura, la otra se desvió perdiéndose en la oscuridad de la taberna. La criatura podía ser herida—, fue la conclusión a la que llegó Matatizo—, pero solo una cosa era capaz de dañarla de verdad. Con la rapidez mental que lo caracterizaba comparó sus armas con las de Ajax, recordó que la espada de su amigo era de hierro, mientras que sus dagas eran de bronce. <<Te tengo, maldito>>

El monstruo se detuvo de repente, como si algo importante hubiese llamado su atención. Olisqueó el aire y trató de abandonar el salón. Para su suerte, fue lo suficientemente rápido, pues Ajax ya había reducido la distancia entre ambos y se preparaba para decapitarlo con un golpe. El monstruo retrocedió y se internó en la oscuridad.

— ¡Qué diablos!

—Se escapó por la puerta de atrás.

—Perdón.

—Bwana, el hombre huyó por la puerta de atrás— repitió Nomusa. Aquello explicaba mucho, reprimió una maldición y salió tras el monstruo.

Ajax y Nomusa lo siguieron de cerca, cuando se percató que no sabía que ruta estaba siguiendo. Pero, cuando lo alcanzó el oriental, le indicó los rastros de un líquido negro y viscoso. La sangre resultado de las heridas que le causaron sus dagas, con pesar se percató, que no estaban por ninguna parte.

—Es alérgico al hierro— Ajax estoico asintió.

El trío se puso en marcha, y siguiendo el rastro dieron con una plaza rectangular muy amplia. En el centro de la misma había un agujero, por el cual seguro los Kibobos bajaban o subían, o tal vez extraían agua limpia del río. Era el terreno idóneo para una emboscada, más cuando el rastro de negra sangre lo llevaba al agujero en el centro.

<<Ahora me toca mover a mí>> se dijo. Con un gesto le ordenó a Nomusa que se quedará atrás, mientras que con la mirada le indicaba a Ajax que mantuviese el escudo en algo. Sin decir nada más, el panya se acercó, de forma irreflexiva, al pozo.

Escuchó una carcajada parecida a la de una hiena y la sangre se le heló en las venas. Cobarde por naturaleza, o tal vez precavido, producto de crecer con hermanos mayores, harto competitivos y violentos, Matatizo se arrojó al suelo. La sombra pasó por encima de él y fue a estrellarse contra Ajax.

El guerrero de alba piel, lo recibió con el escudo en alto, valiéndose  de la fuerza de espaldas y piernas lo arrojó a un lado. El sonido de las garras rayando la madera de la plaza resonó con fuerza, en aquella noche mal iluminada y silenciosa.

Había abandonado la forma de un niño, para tomar una apariencia abominable. Era una suerte de criatura que se encontraba a mitad de camino entre un hombre y una hiena, pero en vez de dos ojos, poseía ocho bien distribuidos; mientras que sus brazos terminaban en sendas garras, al menos uno de ellos. De su espalda surgían unas espinas que recordaban a un puercoespín. Lanzó otra siniestra carcajada y se preparó para arremeter de nuevo.

— ¿Estarías interesado en negociar?— comenzó Matatizo—, te daremos lo que deseas y podrás irte por donde viniste.

—No negocio con cabras, porque eso sois, cabras, ganado, presas… carne. No hago tratos con ladrones, ni juego con la comida.

—Yo no he robado nada— la criatura olisqueó y se detuvo en seco.

—Eres peor, un asesino.

—Las tortuga le dijo al pangolín costroso.

— ¿Crees que nos detuviste? Ukame, que lo seca todo, vendrá, a ella le seguirá Njaa, que todo lo mastica, cerca la rondará Pigo que pudre los cuerpos y el alma de los hombres, y al final el padre todo todos Kuua se segara las vidas de los que quedan. No puedes detener la matanza—.El espíritu de Matatizo se fue al suelo cuando volvió a escuchar aquella siniestra oración, ahora estaba obligado, de verdad, a llevar aquello hasta las últimas consecuencias.

Mientras el panya y el monstruo hablaban, Ajax se fue moviendo con sigilo hasta flanquear a su adversario, quien apenas tuvo unas centésimas de segundo para saltar a un lado y esquivarlo. El oriental gritó con furia al ver como su golpe por poco acaba con todo aquello. El monstruo volvió a reírse, pero la alegría le duró poco, pues cuando dio con el piso, de este surgieron unas gruesas manos de madera que lo aprisionaron con fuerza.

 Matatizo escuchó el sonido de los brazaletes y las ahorcas siendo batidos con ritmo, supo que estaba haciendo Nomusa. Sin mediar palabra, sin pensarlo, atacó de nuevo. Las dagas cruzaron el espacio entre ellos, una erró y paso de largo, mientras que la otra alcanzó uno de los ochos ojos; la sangre oscura como la hez salió disparada en todos direcciones. La bestia se debatía con fuerza, especialmente cuando observó con el resto, como Ajax se acercaba de nuevo para decapitarle.

—Maldita la hora de tu nacimiento, Aramaz te parta con su rayo— gritó un muy molesto Ajax, cuando la mano de manera estalló en muchos pedazos y el monstruo se liberaba de ellas. Había aumentado su tamaño varias veces, hasta casi alcanzar los tres metros. Pero, con la misma celeridad que creció recupero su forma natural.

Matatizo volteó, Nomusa estaba en el suelo, su piel de ónice estaba perlada por el sudor. Jadeaba con rapidez, producto del monumental esfuerzo, pero al parecer la voluntad de la criatura era mayor.  También se percató de algo, Chiumbo estaba en uno de los callejones observando todo con gran interés.

— ¡LADRÓN!— aulló la bestia y se lanzó a por él.

Ajax, ni corto, ni perezoso, se lanzó tras la bestia, consciente de que aquello era lo que se esperaba de él. Se internó en el callejón con las armas prestas, guiado por los aullidos de Chiumbo y los pasos de la criatura. Llegó hasta otra plaza, está más pequeña que aquella que habían dejado atrás. El hombre yacía en el suelo, aplastado por el pie del monstruo, mientras este aullaba de dolor y rabia mientras sostenía una suerte de gema brillante entre las garras.

—La rompió, la rompió— acunaba lo que parecía un zafiro de un tamaño considerable— era una pieza de arte, una criatura hermosa de miles de años. Y él…, eso la destruyó…, MONSTRUO— volvió a lanzar un llanto desgarrador, como el de una madre que pierde a un hijo. Y por alguna extraña razón el vello de la nuca del guerrero se le erizó— Kuua, padre ¿Qué te han hecho?

Sin mediar palabras, la bestia tomó a Chiumbo por el cuello. Este opuso resistencia, pero sus patadas y puñetazos no surtían efecto. La mandíbula del monstruo se abrió más de lo normal, tal como haría una serpiente, y comenzó a tragarse al hombre.

Ajax sintió mucho asco y retrocedió unos cuantos pasos. Mientras que Matatizo  hacia acto de presencia en el callejón, no dudaba en atacar. De nuevo, sus dagas volaron con gran velocidad y precisión. Una acabaría con la vida de Chiumbo,  mientras que otra cegaba a la criatura. Que en un reflejo cerró la boca partiendo en dos al pobre diablo. Adolorida, arrojó a un lado el torso de este, mientras tragaba el resto del cuerpo.

Los ojos que restaban miraron a los guerreros con furia, mientras se preparaba para saltar sobre ellos y darles muerte.

—Todo acaba aquí— masculló Matatizo, la bestia apenas tuvo que coger impulso para abalanzarse. El guerrero oriental y el pícaro panya, sintieron que el tiempo se volvía pesado, lento y viscoso. Observaron, como el monstruo cruzaba el espacio hacia ellos. Pensaron, que la muerte los alcanzaría, pues la boca del callejón no era tan ancha, Ajax se preparó para asestar un último golpe, y Matatizo media las distancias para realizar una zambullida. Pero algo ocurrió, la abominación chocó contra una barrera invisible, se escuchó el sonido de ramas quebrándose, y un chispazo.

La criatura fue repelida y se estrelló en el suelo con un golpe seco. Ajax observó como el zafiro rodaba por este y se caía por una hendidura entre la madera, directo a una acuática tumba. <<Gracias al Todopoderoso>> pensaría el hombre panya, mientras que su aliado cruzaba  la distancia entre él y su adversario, aprovechando el aturdimiento de este, y su aparente incapacidad para ponerse de pie, le asestó el tan anhelado golpe mortal.

La espada de Ajax decapitó a la criatura, mientras una nube de mefítico hedor surgía de la herida y el surtidor de negro icor se elevaba a los cielos en una clara señal de desafío. De esa forma la Maldición de la Villa llegaba a su fin. Nomusa se encontraba vomitando en la boca del callejón, y por una razón aquella se le antojo la imagen más hermosa de su vida.

IV

El alba despuntó y con ella una nueva esperanza para la Villa del Bostezo, con el paso de los días todo, en la villa volvería a la normalidad; pero el trío no sería testigo de ello. Puesto que, no más lograron volver a la taberna decidieron poner pies en polvorosa. A Matatizo no le costaría convencer a Tabo que siguiera al norte, y estaba consciente de que recuperaría su inversión entre los Lokaci; salvo un buen amigo, poco había perdido él en Villa Bostezo.

Mientras se alejaba en el dhow, el corazón del comerciante, el anhelo infantil, saltó una última vez por aquella villa sobre las aguas.

V

Muchas leguas río abajo, un extraño grupo se acercaba a la pantanosa orilla. Todos portaban grotescas mascaras de madera. Los rostros tenían ojos saltones y grandes bocas con muchos dientes picudos. Entre ellos, uno había dado con lo que buscaban, y por ello realizaba una alegre danza. En sus manos tenía un zafiro que brillaba con fuerza.

Cuando la danza terminó, hizo acto de presencia una nueva figura. El cuerpo era de una mujer descarnada, vestida con una túnica raída y polvorienta que, a lo mejor, nunca vio tiempos mejores. La mujer llevaba  una máscara diferente al resto, donde las otras inspiraban temor, esta era sencilla, los ojos no eran saltones, sino un par de ranuras rectangulares, y la boca se curvaba hacia abajo, en una suerte de mueca de desesperanza. A los lados de la misma, surgía una suerte de pelambre, que daba la impresión de ser una sucia y desaliñada melena.

—Ukame, madre— dijo el bailarín mientras le tendía la gema a la mujer— un presente para ti.

—Mí hermano, mi dulce hermano— replicó la mujer con una gruesa y polvorienta voz que secó la garganta de los hombres y ampolló sus oídos— ¿Qué te hicieron? Lloraría, por ti. Pero la sequía no tiene lagrimas. Otros lloraran por ti— agregó y con celeridad alcanzó a tocar la piel del hombre. Esta comenzó a agrietarse y secarse, en pocos minutos se volvió una estatua de barro reseco que estalló en una nube de polvo.

—Gracias madre— gritaron los restantes al unisonó.

—Vayámonos, hay mucho que hacer… el día está por llegar cuando Ukame que lo seca todo vendrá, a ella le seguirá Njaa que todo lo mastica, cerca la rondará Pigo que pudre los cuerpos y el alma de los hombres, y al final el padre todo todos Kuua segara las vidas de los que quedan. No puedes detener la matanza—. Recitaron en conjunto, mientras se perdían en las praderas.

FIN

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Esta entrada fue publicada en 9 diciembre, 2018 por en Literatura, New Pulp, Sin categoría y etiquetada con , , .
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